Leer a Michael Crichton es apostar por caballo ganador. Hasta ahora no he leído nada de él que no me haya gustado, y no creo que eso pase, porque este autor americano ha escrito endiabladamente bien.

Me hice con Dientes de dragón el pasado verano y estaba deseando hincarle el diente. Esta cuarentena nos ha quitado mucho, pero nos ha provisto de algo de lo que carecíamos en el ritmo frenético de nuestras vidas: tiempo. Y en mi caso lo he usado para leer. Tenía una lista larguísima de libros pendientes y en estos días he aprovechado para acortarla un poco. Aunque, por otro lado, también he comprado un montón más en formato digital, así que la cosa no ha mejorado mucho, pero eso es otra historia.

Dientes de dragón tiene un título que podría confundir, y lo cierto es que, al ver la portada, pensé que trataría de dinosaurios —muy propio del señor Crichton—, pero siempre que encuentro un libro de este autor, le doy la vuelta para leer la sinopsis, y esta me transportó directamente al 2005. En aquel año comencé a escribir una novela de venganzas y asesinatos que transcurría en el Lejano Oeste, pero por aquella época yo aún era un escritor brújula —aunque entonces ni siquiera sabía qué era eso—. Tenía una idea, me lanzaba a la aventura e iba trazando el camino a medida que escribía. Me dejaba arrastrar por los personajes sin saber muy bien a dónde me llevarían. Lo que pasó es que los personajes de esta historia me condujeron por derroteros que, llegados a un punto, no pude controlar y me quedé atascado. Dejé la novela aparcada en un cajón a la espera de una nueva inspiración. Y la sinopsis de esta novela la volvió a despertar.

Dice así: «Año 1876. Tribus de indios en pie de guerra asolan los territorios del oeste de Estados Unidos. A este paisaje primitivo y hostil llegan las expediciones dirigidas por dos paleontólogos rivales en busca de fósiles de dinosaurios [al final, sí que va de dinosaurios]. William Johnson, un universitario rico y consentido, se incorpora al grupo de Othniel Charles Marsh, pero cuando este sospecha de sus intenciones y le abandona, William se une a su archienemigo, Edward Drinker Cope. Ignora que está a punto de hacer un descubrimiento histórico que deberá defender de los personajes más peligrosos del Salvaje Oeste.»

La historia comienza con la descripción de dos fotografías en las que aparece William Johnson, la primera es de 1875 y la segunda de 1876. En ellas se puede apreciar el cambio físico y de actitud ante la vida que ha sufrido el joven William en tan solo un año. La novela narra lo que sucedió entre las dos fotografías. Para ello hace uso, en ocasiones, de fragmentos de los diarios y cuadernos que el propio William escribió, además de los de otros personajes, como Charles Hazelius Stenberg, ayudante de Cope. El chico, por culpa de una apuesta, se embarca, en calidad de fotógrafo, en una expedición de la Universidad de Yale, a cargo del profesor Marsh, rumbo al oeste junto a otros estudiantes. La expedición parece ser, a simple vista, aburrida y tediosa. Pero las aventuras y los altibajos que le esperan le cambiarán la vida definitivamente.

Michael Crichton nos muestra una instantánea de un momento histórico tan olvidado como fascinante, y para ello parte de un suceso real, como es la búsqueda de huesos de dinosaurio y la rivalidad que tuvieron los dos paleontólogos famosos e históricos, Marsh y Cope, denominada «Guerra de los huesos», que comenzó en 1958 y en la que ambos descubrieron varias especies.

Una visión diferente del viejo oeste, un nuevo punto de vista que me ha ayudado mucho a comprender como se vivía en los Estados Unidos del siglo XIX, cuando aún había territorios inexplorados por el hombre blanco y la vida de cualquiera corría peligro a cada paso que daba. Huelga decir que nos encontramos ante un thriller apasionante que te mantiene en tensión y pegado al libro hasta las últimas páginas.

También debo deciros que voy a tener que reescribir, prácticamente, la novela entera. Pero ya sabéis lo que dicen: sarna con gusto no pica.

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