La Nochebuena se viene,

la Nochebuena se va.

Y nosotros nos iremos

y no volveremos más.

Los niños cantan alegres, ajenos a los adultos que los rodean, al frío, a la oscuridad que acecha fuera, a lo mucho que tarda la cena… al significado de la letra del villancico que están cantando. Golpean las panderetas con brillo en sus ojos, casi embriagados de felicidad. Es la primera vez que se juntan todos los primos en estas fechas y lo están disfrutando.

Casi no recuerdo la última vez que yo disfruté así de la Navidad y, ahora, viendo a mis hijos y sobrinos cantando villancicos que casi había olvidado, de repente, algo hace click en mi cabeza. Un torrente de recuerdos se desparrama dentro de mí, inundando todo mi ser. Vivencias que había enterrado en lo más profundo de mis entrañas salen a la luz y me desbordan.

Siento un escalofrío que me recorre toda la espalda y me golpea en la nuca como un martillo.

Cierro los ojos y cuando los abro ya no estoy en la casita rural que hemos alquilado con la familia de mi marido. Estoy en el salón de la antigua casa de mis padres, en el sureste de Alemania.

Mi hermano Jonás, dos años mayor que yo, corretea alrededor del árbol de Navidad, decorado con mil luces de colores, mientras el olor a galletas recién hechas invade mis sentidos. Ese debería ser un recuerdo feliz y, sin embargo, me hace empapar la blusa con un sudor frío de puro pánico. Bloquea mis músculos, me paraliza.

Jonás se detiene de golpe delante de mí, me mira y sonríe. Me hace cómplice, quiere que suba a la parte de atrás de su motocicleta imaginaria. Accedo, me agarro a su cintura por la espalda y recorremos el salón a toda velocidad.

—¿Ves? —dice para llamar la atención de papá.

Papá asiente desde el sillón con una sonrisa, pero puedo ver en sus ojos que Jonás no encontrará un ciclomotor eléctrico envuelto en una cinta de seda roja al día siguiente. Quizá es un regalo demasiado ostentoso para un seis de diciembre, quizá Jonás deberá esperar al siguiente cumpleaños, quizá deba esperar más. A ojos de papá, nosotros aún somos críos, a pesar de que Jonás cumplirá catorce el año que viene.

Los juegos infantiles antes de la cena podrían confirmar la percepción de papá, pero ya no somos unos niños. Solo intentamos disimular, agarrarnos con uñas y dientes a un ideal que ya no existe. Lo cierto es que perdimos la inocencia hace tres meses. Nos gustaría deshacer los errores cometidos, pero lo único que podemos hacer es fingir. Corretear por la casa con una moto imaginaria nos hace parecer chicos normales.

Tras la cena y algunos programas de televisión familiares llega el momento de irse a la cama. Sankt Nikolaus no va a la casa de los niños que se mantienen despiertos esta noche, no le gusta que finjan estar dormidos y lo espíen mientras se cubren la cabeza con las mantas.

—¿Habéis sido buenos este año? —pregunta mamá a modo de despedida, antes de que nos dirijamos a nuestra habitación. No espera respuesta, da por hecho que sus hijos son los mejores del mundo.

No, no lo hemos sido. Hemos dejado de ser los mejores del mundo para convertirnos en algo terrible y abominable. Pero quizás es menos grave si no lo decimos en voz alta, si mantenemos el secreto. A lo mejor, si no pensamos en ello…

El dormitorio está helado, casi podemos ver nuestro aliento salir de nuestras bocas al hablar. Alguien dejó la ventana abierta para ventilar en algún momento del día. Jonás cierra la hoja y echa el pestillo. Nos arrebujamos en nuestros edredones, dicen que si te cubres lo suficiente, nada puede hacerte daño, ningún monstruo puede verte. Mi hermano me mira desde su cama, parece preocupado. Esta noche es la noche en la que se juzga el comportamiento de todo el año, somos mayores para creer en cuentos de hadas, Sankt Nikolaus, Papá Noel o fantasmas. Entonces ¿por qué siento un nudo en la garganta? ¿Por qué estoy tan nerviosa?

Me concentro en dormir, pero mi escandalosa respiración y el tic-tac del reloj despertador, que parece que lo tuviera pegado a la oreja, me impiden conciliar el sueño.

Puedo oír los ronquidos de mi padre al otro lado de la casa, el susurro de las ramas de los árboles cercanos, el débil aullido de algún perro vecino… y el tintineo de unas cadenas que se arrastran por el tejado.

Saco la cabeza de entre las mantas un instante, Jonás me está mirando. Él también lo ha oído, no estoy loca. Comienzo a sudar y a temblar. Sankt Nikolaus no arrastra cadenas, sus renos tampoco.

Nuestra peor pesadilla empieza a hacerse realidad.

Jonás sale de la cama. Lo admiro por su valor.

—No pienses en ello —me susurra y se pone el dedo índice de la mano derecha en los labios para que no responda.

¿No pienses en ello?, querido hermano, sé que tus intenciones son buenas, pero justo ahora no puedo dejar de pensar en ello. No me lo puedo sacar de la cabeza.

Aquella niña era inocente.

Jonás se acerca muy despacio a la ventana para mirar fuera. No quiere hacer ruido, pero el suelo de madera cruje a cada paso.

Pega la frente al frío cristal y escudriña la oscuridad exterior. Niega con la cabeza, se da la vuelta y me mira con el ceño fruncido.

—No veo nada —dice.

Justo en ese instante, una sombra se desliza por la ventana de arriba abajo. Se me hiela la sangre, siento cómo se me eriza el vello de todo el cuerpo y ni siquiera puedo señalar para advertir a Jonás.

Él se encoje al ver mi expresión, intenta esconder la cabeza entre sus hombros en un acto reflejo, como si eso pudiera salvarlo de algo. Da un salto hacia mi cama y se vuelve para mirar la ventana.

—¿Qué…? —pregunta sin saber exactamente a dónde mirar.

No puedo responder.

Me agarra la cara con ambas manos y me obliga a mirarlo a los ojos. Está temblando como yo.

—Fue un accidente, ¿verdad? —pregunta con los ojos húmedos.

¿Lo fue?

Confieso que, por una milésima de segundo, deseé su muerte. Es decir, no quería que muriera del todo, pero necesitaba infringirle dolor, mucho dolor. Tanto como ella me ha había infringido a mí durante todo el curso escolar. Necesitaba humillarla hasta el punto de tener que pedir clemencia, como yo tuve que hacerlo en mayo, bajo su yugo implacable.

La respiración de mi hermano se acelera. Sus ojos se abren en una expresión de horror.

—¿Hueles eso?

Asiento. Un olor nauseabundo a huevos podridos invade toda la estancia.

Podemos escuchar cómo alguien está arrastrando cadenas por el pasillo que llega a nuestro dormitorio.

Se acerca.

¿Cómo es posible que nuestros padres no lo escuchen? Los ronquidos de papá son solo un leve zumbido al lado del desagradable ruido al otro lado de la puerta de la habitación.

Jonás vuelve a la ventana, piensa en huir, en escapar de la responsabilidad, como hicimos hace tres meses, cuando no alertamos a la policía de lo que había pasado, lo que habíamos hecho. Cuando no confesamos la ubicación del cuerpo a las autoridades durante la búsqueda multitudinaria.

Esta vez no va a ser tan fácil.

La puerta se abre. Sus goznes chirrían como nunca lo han hecho, como si fueran las mismas puertas del infierno. Es demasiado tarde para nosotros. Ya está aquí.

Krampus.

Lo primero que veo son los cuernos de macho cabrío, retorcidos y alargados, pues se tiene que agachar para pasar por la puerta. No quiero mirarle, pero no lo puedo evitar. Su rostro es algo parecido a una calavera recubierta con pellejos arrugados, orejas puntiagudas como de elfo y unos espeluznantes ojos rojos que me miran inquisidores. El cuerpo lo tiene cubierto de un pelo lanudo y largo de un color grisáceo, que cubre con una vieja chaqueta rojiza ya descolorida. Las piernas son los cuartos traseros de una cabra, que no le impiden erguirse completamente. Es inmenso. Cuando se gira para mirar a mi hermano, puedo ver el carcaj que lleva atado a la espalda, repleto de finas varas de abedul que, supuestamente, va a usar para golpearnos y arrastrarnos al inframundo.

Vuelve a mirarme y abre la boca para mostrar sus enormes y afilados dientes amarillos. El hedor es insoportable. Su respiración es un gruñido que me taladra la cabeza y no me deja pensar en nada.

Da dos pasos hacia mi hermano y saca la lengua, que parece no tener fin. Jonás retrocede despacio, en silencio, hasta toparse con su cama. La lengua lo sigue, mientras él se acuesta y se arropa. Yo intento gritar para alertar a papá y a mamá, a los vecinos, a la policía, pero no tengo voz. Lo único que consigo es ahogarme, sin producir ningún sonido.

Ajeno a mis silenciosas protestas, Krampus expulsa su aliento hacia Jonás y de su hocico apestoso sale una sombra informe que flota y se mueve como si tuviera vida propia, reptando por el aire con unos tentáculos invisibles. Jonás se queda inmóvil en la cama, ha aceptado su fatídico destino y abre la boca para recibir a la sombra, que entra en su interior y le provoca un espasmo, antes de hacerlo caer inconsciente.

Krampus sonríe y me mira. Ha llegado mi turno. Conmigo tampoco saca las varas de abedul. No me va a pegar, me va a dormir también para llevarnos juntos al infierno. Dejo de gritar y cierro la boca, no voy a permitir que entre esa sombra siniestra en mí. Pero Krampus no sopla esta vez, solo alza una mano hasta casi tocarse los ojos con dos dedos y luego me señala, como si quisiera decir «te estoy vigilando». Pierde la sonrisa macabra de golpe y me apuñala con su mirada. Dos segundos más tarde da media vuelta y se marcha por la ventana.

¿Eso es todo? No me golpea ni introduce una sombra en mi cuerpo. Tampoco me lleva con él al inframundo.

—¿Por qué? —grito.

¿Qué he hecho para salvarme de su castigo? No soy más inocente que Jonás, en todo caso, sería al revés. Él solo empujó a la chica, que tropezó y cayó por el barranco. Podría haber sido un accidente, además, lo hizo para protegerme. Fui yo quien, ciega de ira, arrojó aquella roca que aplastó su cabeza. Fui yo la culpable, por eso mi hermano decidió esconder el cuerpo y mentir a todo el mundo. Solo quería protegerme.

—¡No es justo! —grito—. ¡Llévame a mí!

Krampus ya no me oye. No le importo. Pero noto cómo alguien me coge de los brazos y me zarandea.

Abro los ojos para ver a mi marido, que me observa horrorizado.

—¿Estás bien, cariño? —me pregunta—, estás asustando a los niños.

Vuelvo a estar en la casa rural, rodeada por la familia de mi marido. Los niños de sus hermanos y los míos propios me miran con miedo en los ojos.

—¿Qué…? —es todo lo que consigo decir. Tengo el vello erizado y todo mi cuerpo tiembla.

Desorientada, me dejo guiar a uno de los dormitorios. Mi suegro trae un vaso de agua y se lo da a mi marido para que él me lo acerque. Se retira enseguida y lo oigo cuchichear con su mujer.

—¿Qué te ha pasado? —me pregunta mi marido cuando ya estamos solos.

Tardo en contestar. Necesito ordenar mis ideas.

—De repente, he recordado la última navidad que pasé con mi hermano —digo sin poder contener las lágrimas.

—¿Qué? —pregunta extrañado— No sabía que tuvieras un hermano. ¿Cómo es que no me has hablado nunca de él?

—Murió hace más de treinta años.

Se sienta a mi lado y me abraza.

—Siento oír eso, cariño —susurra—. ¿Qué le pasó?

¿Lo entenderá? Creo que conozco a mi marido, es muy racional, siempre busca una explicación científica para todo, incluso para lo que no la tiene. Seguro que, siendo español, ni siquiera ha oído hablar de Krampus, el ser mitad cabra mitad demonio que recorre el mundo en la noche del 6 de diciembre y castiga a los niños que han sido malos, los golpea con varas de abedul y los arrastra al inframundo. Que Santa Claus (como él conoce a Sankt Nikolaus) te traiga carbón por no haberte portado bien no parece tan mala idea, en comparación.

—Cáncer —digo al fin. Y no miento. No del todo.

Jonás no consiguió ver otra navidad. Enfermó a las pocas semanas de la visita de Krampus, empeoró muy rápidamente y murió poco después, aunque no fue por el cáncer.

Siempre estuve convencida de que aquello era el resultado del veneno que Krampus había introducido en el cuerpo de mi hermano, se lo grité a todo el que estuvo dispuesto a escucharme, pero nadie me creyó nunca, ni siquiera Jonás. Decía que no recordaba nada de lo ocurrido y se puso de parte de papá y mamá cuando estos mantuvieron que todo debía de haber sido un mal sueño. Sin embargo, los ojos de mi hermano decían otra cosa. Algo mucho más oscuro, que nunca tuvo valor para contarme.

Un día desperté de madrugada y él no estaba en la habitación. Había un pedazo de papel encima de su almohada. Me acerqué a curiosear, era una nota para mí que decía «pórtate bien, hermanita». Lo busqué por toda la casa con el corazón en un puño. Estaba en el baño, metido en el fondo de la bañera, que estaba llena de agua hasta el borde. El frasco de sus pastillas estaba tirado en el suelo, vacío. Jonás se había ido para siempre.

—Lo siento muchísimo —me dice mi marido, y me cubre con sus brazos aún más fuerte para transmitirme su calor, su apoyo.

Me da un beso y sugiere que me quede en la habitación el tiempo que necesite. Él va al salón a tranquilizar a la familia, sobre todo a los niños.

Me resulta increíble la manera en la que mi cerebro decidió anular todo aquello hasta el punto de que mi marido, que es la persona que mejor me conoce en el mundo, no sabía de la existencia de mi hermano.

Ahora me llegan los recuerdos como fogonazos, como si me tomaran una fotografía con flash, deslumbrándome, llenando de luz recodos de mi ser que antes estaban en tinieblas.

Tras la marcha de Jonás, quedé destrozada, sentí que me faltaba una mitad y supe que no iba a recuperarme nunca. Quizá ese fue el principal motivo para ir enterrándolo cada vez más profundo. Pero no el único. La culpa me devoraba desde dentro, desde las entrañas. Yo era la única responsable de la muerte de aquella chica, sin embargo, había sido él quien había cargado con la responsabilidad. Antes de cerrar los ojos y sumergirse para siempre, dejó otra nota manuscrita en la que confesaba los acontecimientos y la ubicación precisa del cuerpo, manteniéndome a mí al margen.

Mis padres y todos los psicólogos que hablaron conmigo entendieron que mi brusca reacción, mis gritos, mis extraños deseos y mis confesiones tardías eran solo una forma de llamar la atención. Una manera diferente de sufrir y superar el duelo, pero aceptable y respetable en cualquier caso. Me dieron espacio y me dejaron gritar. Pero no prestaron atención a mis palabras. Tuve que recomponer mis pedazos yo sola. Me remendé, como reza el villancico que mis hijos entonan ahora mismo con sus primos en el salón, motivados por mi marido.

Yo me remendaba, yo me remendé,

Yo me hice un remiendo, yo me lo quité.

Respiro hondo.

Casi es medianoche. Pronto los niños entrarán en la habitación para dormir.

Trago con dificultad el nudo que tengo en la garganta. Decido volver a empujar todo hacia dentro, ocultarlo en lo más profundo de mi alma. Es lo mejor. Me seco las lágrimas y salgo de la habitación a tiempo para escuchar a mi suegra.

—¿Habéis sido buenos?

Todos sonríen y asienten. Todos menos uno. Veo miedo en los ojos del mayor de mis sobrinos.

¿Qué has hecho, pequeño?

Un escalofrío recorre mi espalda y comienzo a sudar. Se me coge un pellizco en el estómago que me corta la respiración por un instante.

Casi puedo escuchar ya las cadenas de Krampus.

castleprod

Ingeniero Téc. Informático y Traductor. Escritor y cineasta.

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