Para nuestra primera partida en nuestro canal de rol narrativo, Aris nos introdujo en Vampiro, La Mascarada, un juego en el que teníamos que interpretar a vampiros, enfrentándonos a nuestra humanidad, intrigas de la sociedad vampírica secreta (La Camarilla) y el conflicto de ocultar nuestra existencia a los humanos bajo La Mascarada.
Nos pidió que creáramos un personaje y le diéramos un pasado. Os presento a mi personaje:

Mi nombre es Percival Lurking-Wolf Woods. Nací en el Blackfeet Community Hospital de Browning, Montana, el 4 de abril de 1985, pero aún tengo 27 años.

Pertenezco a la comunidad Kainai (Blood) de la Confederación Blackfoot. Soy un Niitsitapi (pueblo verdadero) o, como mejor se nos conoce, un Pies Negros.
Tengo siete hermanos a los que no veo en persona desde hace más de diez años, aunque los llamo a menudo, al igual que a mis padres. Siempre estuve muy unido a ellos. Recuerdo cómo nos gustaba perdernos en las montañas cuando éramos pequeños, mientras seguíamos el rastro de algún animal. Nunca he cazado un búfalo, como lo hicieron mis ancestros durante miles de años, pero he cazado zorros, ardillas y otros animales pequeños. Me he criado en la naturaleza, nunca he tenido miedo a los ruidos de la noche en el bosque, sé cómo sobrevivir en él durante días solo con un cuchillo.
Después de la secundaria en Browning, estudié literatura y lingüística en la Universidad de Calgary (Canadá) y al finalizar, obtuve una beca para realizar un doctorado en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Recuerdo que mis padres se alegraron con tristeza. Estaban orgullosos de mí, pero no querían que me alejara tanto de la reserva. Vi en sus ojos el miedo a perderme o a que me hicieran daño.
Sin embargo, yo no era, ni mucho menos, el primero de la familia que se alejaba del calor de la comunidad. «Mi hermano mayor aún vive en Nueva York» me dijo mi padre. El tío Owen White Wolf se había ido a trabajar a la Gran Manzana poco después de que yo naciera y no había vuelto. Mi padre lo avisó por teléfono y me dio su dirección.
Cuando llegué al apartamento en El Bronx, mi tío no estaba en casa, pero me envió un mensaje al móvil, indicándome el escondite de la llave de emergencia. Al entrar, tuve la sensación de que allí no vivía nadie. Todo estaba demasiado sucio y olía a cerrado. El frigorífico estaba vacío.
Conocí a mi tío aquella misma noche, cuando ya estaba pensando en largarme a un hotel. Tenía un aspecto y olor lamentables. Me pidió disculpas por el retraso y por el estado de la vivienda. Por lo visto, no estaba muy a menudo allí, pasaba mucho tiempo fuera por su trabajo. Pero me dijo que me podía quedar a vivir sin problema.
Los siguientes meses no coincidimos mucho. Algunos días en los que me quedé en casa, porque no tenía que ir a la facultad, sentí que él estaba en su cuarto, pero no salió ni para ir al baño. Siempre que lo veía, era de noche. Me comentó que tenía el sueño cambiado, debido a su trabajo, no me dio muchos detalles y yo tampoco pregunté.
A veces, en lugar de salir de fiesta un sábado, me quedaba en casa y veíamos una peli juntos. Entonces solía preguntarme por la vida en la reserva, por los bosques, por la comunidad. La melancolía hacía que le brillaran los ojos y le temblara la voz. Yo también echaba de menos mi tierra; en Nueva York, nadie me llamaba por mi nombre nativo, aunque después de un par de años, empecé a acostumbrarme.
La navidad del 2012 fue la última vez que viajé a Browning para ver a mi familia en persona.
Creo que el Abrazo no fue algo espontaneo. Ahora pienso que todas aquellas conversaciones con mi tío fueron intencionadas, orquestadas por él, para conocerme un poco mejor y saber si era digno. Una noche, me preguntó si alguna vez había deseado recorrer los bosques como un lobo. Extrañado, le contesté que mi nombre era Lobo Acechante. Por supuesto que lo deseaba, lo había deseado toda mi vida.
«Yo puedo hacerlo», me dijo y noté cómo le brillaron los ojos. Supe al instante, y de una forma extrañamente dolorosa, que decía la verdad. «Tú también podrías, si realmente lo deseas. Puedo ayudarte», me susurró, mientras fijaba sus ojos vidriosos en los míos, «pero hay ciertas reglas».
No lo pensé mucho. Los beneficios me resultaron demasiado apetecibles.
Acepté.

Recuerdo que, cuando desperté del Abrazo, pensé que había perdido algo de mi esencia, de mi espíritu. Me sentí poderoso y a la vez desvalido y frágil. Eterno y moribundo.
Me costó mucho acostumbrarme a mi nuevo ser. Pero recorrer los bosques a cuatro patas, cazar a dentelladas y aullar a la luna eran sensaciones formidables, que me hacían sentir más vivo que nunca.
Ya da igual si me arrepiento o no. No puedo hacer nada para revertir aquello, si es que lo deseara. Ya no soy un Niitsitapi, una persona de verdad. No. Ya no. Ahora soy un Gangrel.
Un vampiro.
¡No os perdáis la partida!
