Nergüi Dorje observó las primeras naves estelares de motor iónico no tripuladas ascender hacia el universo infinito, en pos de un nuevo mundo. La expulsión de energía las hacía parecer medusas de colores surcando los cielos. En unas décadas, viajarían los primeros colonos. Deseó ser uno de ellos. Su madre decía que eso no ocurriría nunca, que el objetivo era transportar embriones humanos a otra galaxia habitable para comenzar de nuevo. Nergüi se esforzaba en no creerla.
Un haz de luz le rozó la oreja que le quedaba sana y lo devolvió a la realidad. Jamás podría salir de aquel planeta enfermo, si no conseguía llegar vivo al día siguiente.
Se ocultó tras la chatarra que debía de haber sido un coche y se arrastró por la tierra seca de la estepa hasta colarse debajo del amasijo de hierros. En aquella sombra encontró la trampilla que daba paso a los túneles de protección. Se sumergió en ellos y cerró tras de sí para impedir el acceso a los droides que le habían disparado.
Recorrió el laberinto de túneles hasta su habitáculo, donde encontró a su madre enferma. El generador solar de la nevera se había roto y el cadáver del vecino empezaba a oler. Debían comerlo antes de que se pudriera.
Masticó la carne cruda, observado por los ojos hambrientos de los vecinos, que esperaban su oportunidad, acurrucados en sus habitáculos nauseabundos. Debía encontrar una alianza antes de que su madre muriera o sería devorado en cuanto cayera dormido.
Sonrió a sus asesinos, mientras planeaba como salir de allí. Su madre siempre le decía que debía ser educado con los vecinos.
