¿Conocéis el concepto Libros libres? Quizá es solo el nombre local que se usa en Córdoba, pero me resultó muy apropiado.
El concepto es el siguiente: libros sin dueño, totalmente emancipados de cualquier institución, que se ofrecen a sí mismos como siguiente lectura para lectores intrépidos.
Seguro que habéis visto en algún sitio esas minibibliotecas callejeras de uso público y completamente abierto, donde la gente puede coger y dejar libros usados de cualquier manera y sin ningún tipo de control. El sueño de cualquier lector, vaya. Libros gratis ya los tienes en las bibliotecas, pero los libros libres no pertenecen a bibliotecas, no tienes que entrar en ningún edificio ni tener un carnet de socio para coger uno y, claro, no estás obligado a devolverlo; eso es más una cuestión de honor.
Personalmente, la primera vez que vi algo parecido, fue en Mönchengadbach, Alemania. Vivo allí (o aquí) desde 2009 y cuando llegué aún existían cabinas de teléfonos en funcionamiento. Había una al lado de mi casa, enfrente de la biblioteca municipal y vi como la gente la usaba cada vez menos, vi su abandono y posterior deterioro, hasta que la biblioteca (o quizá fue algún colectivo de samaritanos) se hizo cargo de ella y la restauró para este nuevo fin.

Me pareció una idea fantástica y revolucionaria para acercar la lectura a más gente. Ya no había excusa, tenías libros físicos gratis a pie de calle. No necesitabas ningún dispositivo ni ninguna aplicación instalada en el móvil; y, como he explicado antes, no necesitabas ser socio de ninguna biblioteca, ni siquiera necesitabas entrar en una. Más fácil, imposible. Aluciné.
Después de eso (años después), volví a encontrar este innovador sistema de renovación bibliotecaria en Málaga, concretamente en Torre del Mar. Pude ver unos tres en una playa que tiene algo menos de cuatro kilómetros. Me llenó de emoción, porque además, en este caso no habían aprovechado ninguna cabina, habían construido unas estanterías pequeñas con una puerta de metacrilato que se mantenían en equilibrio sobre un poste de madera. La idea de disponer de libros en la playa me pareció brillante y, sin embargo, me decepcionó mucho descubrir que apenas había libros en español. La mayoría eran novelas en inglés, alemán o francés. Los pocos libros que había en español estaban muy deteriorados.
Eso me hizo pensar en que los ciudadanos españoles no estamos acostumbrados a que las cosas sean gratis y cuando encontramos un servicio así, abusamos de él hasta que se agota. Estoy seguro de que hubo más libros en español en esas minibibliotecas, pero los turistas se los fueron llevando y se olvidaron de reponer las estanterías con otros. Me entristeció.

Sin embargo, recientemente volví a creer en la humanidad. Veréis, el pasado abril me dejé caer unos días por Córdoba y aproveché para registrar mi nueva novela (ya mismo en vuestra librería de confianza) en el registro de la propiedad intelectual. Como no dispongo de impresora, me acerqué a una copistería para obtener una copia en papel de mi manuscrito. Las casualidades de la vida quisieron que tuviera que aparcar a un par de cientos de metros y que en el camino entre el coche y el establecimiento encontrara un cartel pegado en el escaparate de una tienda que anunciaba un evento de cuentacuentos para el día siguiente. Me pareció un plan perfecto para ir con mis hijas. La actividad se celebraba en una biblioteca de un barrio que yo nunca había frecuentado. Jamás había oído hablar de la existencia de esa biblioteca y me llamó la atención sus magníficas instalaciones. Pero lo que más me sorprendió fue descubrir una cabina de libros libres en frente de la puerta de la biblioteca. Tenía en su interior unos quince o veinte libros, antiguos de hojas amarillentas, pero en buen estado. Decidí adoptar por una temporada un fabuloso ejemplar de El Exorcista, de William Peter Blatty, editado en 1972 (ahí es na), que incluso tenía una dedicatoria. El libro había pertenecido a Puri Huertos y se lo habían regalado sus compis de curro, Pilar y Lola, el 2 de febrero de 1975. Un regalo increíble, sin duda.

Obnubilado por el acontecimiento, me fui de allí sin echar ni una sola foto. Ya en casa, recapacité y pensé en escribir este artículo, con lo que decidí volver a la biblioteca para hacer una fotografía que acompañara al texto. Lo hice dos días más tarde, un domingo, y cuál fue mi sorpresa al descubrir la cabina de libros libres completamente vacía. Me quedé roto. ¿Qué había pasado? ¿Era posible que la comunidad lectora de Córdoba hubiera arrasado aquella minibiblioteca? Luego caí en la cuenta de que tenía la biblioteca a solo 20 metros y que, al ser domingo, estaba cerrada. Me asaltó la duda. Era posible que aquellos libros no fueran del todo libres, sino descatalogaciones (o algo parecido) de la biblioteca, que ponían a disposición del público fuera de esta y que volvían a recoger cuando cerraban, para preservarlos de la intemperie.
Volví a casa con la duda sin resolver. Revisé el ejemplar de El exorcista y comprobé que no tenía ningún sello de la biblioteca, con lo que sí que parecía ser libre. Entonces, ¿qué habrá pasado? No pude volver a la biblioteca en un día laboral para preguntarles, lo mismo ellos sí saben cómo funciona este stand de Libros libres. Volveré en Navidad, pero hasta entonces, si algún trabajador de la biblioteca central “Antonio Gala” de Córdoba lee este artículo y me quiere ayudar con su conocimiento, lo agradeceré.

Y también me haría ilusión que esta iniciativa, sea cómo sea que funcione, se extienda por el resto de la ciudad de Córdoba, porque en el barrio en el que me crié sigue habiendo cabinas de teléfonos desamparadas, esperando a que las restauren y les metan dentro unos cuantos libros libres.
Por cierto, de este y de otros temas estuvimos charlando en el programa 405 de La Horda Podcast, último programa de la temporada pasada (pincha aquí para escucharlo). Estad atentos porque ya hemos comenzado la nueva temporada. El primer programa se publicará en breve.
