
Es complicado ser un asesino a sueldo.
Es decir, el trabajo no escasea, siempre hay gente dispuesta a pagar una gran suma de dinero para ver a alguien muerto sin mancharse las manos de sangre, pero no van publicando ofertas de trabajo en las redes sociales. Hay que estar alerta para encontrar a esos clientes. La cosa se complica más cuando, por cuestiones de la vida, tienes que trabajar en un país extranjero en el que no entiendes una palabra del idioma. Y más aún si ese país es España y uno se apellida Sovakov.
Hay demasiado cachondeo.
El señor Egor Sovakov tuvo a bien contratar los impecables servicios de interpretación de enlace que ofrece la compañía Traductor3000, en la que trabajo. Necesitaba a un intérprete de ruso-español que fuera profesional, discreto y atlético. El tercer requisito sorprendió a los encargados de asignación de proyectos. Nunca habían necesitado tener en cuenta la condición física de los empleados. Sin embargo, ansiosos por complacer al nuevo cliente, no cuestionaron nada y me encomendaron a mí la tarea, solo por el hecho de que una vez corrí una media maratón.
Cuando llegué al punto de encuentro, el señor Sovakov ya estaba allí. Se apeó de un flamante coche oscuro de alta gama y me estrechó la mano con una firmeza casi dolorosa. Era mucho más alto que yo y, a pesar de su extrema delgadez, el traje que llevaba le quedaba como un guante. Mantuvo la mirada fija en mí, mientras yo me presentaba y le explicaba con todo lujo de detalles en qué iba a consistir mi trabajo, un discurso que me sabía de memoria. Por su parte, él me dijo con pocas palabras que venía a sustituir a un compañero del gremio —no especificó cuál gremio— en una poderosa transacción económica. Un trabajo, a priori, rápido y sencillo. Hizo hincapié en que confiaba en mi discreción; yo le recordé el compromiso de confidencialidad y no divulgación de información que se incluía en la firma del contrato. Sonrió satisfecho y me indicó que podía subir al coche.
Ahí empezó a torcerse todo.
Tuve que haberme negado a subir a aquel maletero. Por muy amplio y confortable que fuera, la función primera de un maletero no es transportar personas. Me confundió al decirme que era por mi propia seguridad y me preguntó por los límites de mi profesionalidad. Me tenía calado desde el primer minuto en el que me vio y me tocó la fibra. No pude negarme y me subí a aquel coche por la puerta de atrás.
Lo que nunca hubiera imaginado es que no iba a viajar solo, aunque de eso me di cuenta mucho más tarde.
La primera parada fue en una zona aislada de la ciudad de un aparente gran poder adquisitivo, tras unos cuarenta minutos de viaje. Nunca admitiré que el señor Sovakov tenía razón en lo referente a la amplitud y comodidad del maletero de su coche.
Nada más salir y acostumbrarme de nuevo a la luz solar, mi cliente me indicó con un movimiento de cabeza que debía seguirlo. Nos acercamos a la entrada de una finca. Tras la enorme verja, se podía apreciar una increíble mansión al final de un camino flanqueado por todo tipo de vegetación. Dos tipos grandes y anchos como armarios, ubicados delante de la cancela, nos cortaron el paso. Tenían cara de pocos amigos. Tomé la iniciativa, como buen profesional.

—Saludos, caballeros —dije con una reverencia—, mi nombre es José Hernández de la Cruz y voy a asistir a mi cliente como intérprete…
—¿Sobaco IV? —interrumpió mi discurso uno de ellos, con acento italiano y una sonrisa burlona en su cara.
—Creo que pregunta por Sovakoiv —le dije a mi cliente.
—¡Sovakov! —exclamó él con expresión dura— ¡Sovakov!
Había habido un malentendido. Al parecer, creían que esperaban a otra persona. Algo hizo click en mi cabeza en ese momento y pensé que, quizás, aquella enorme manta gigante enrollada que había encontrado al fondo del maletero podría tener algo que ver con aquel problema. Pero estaba trabajando, así que luché por deshacerme de aquel pensamiento y centrarme en la interpretación.
Tras algunas vagas explicaciones del señor Sovakov, que más parecían excusas, los guardianes de la puerta mantuvieron una pequeña conversación por radio con alguien de dentro y, al final, nos dejaron acceder a las instalaciones.
Nos condujeron a través de mil y un pasillos, escaleras y salas hasta llegar a una habitación estrecha y oscura. Nos sentaron ante una mesa metálica y un hombre de aspecto siniestro colocó en ella varias fotografías en las que se apreciaban distintos momentos del día de un tipo enjuto y bien vestido.
—Salvatore Pantoni —indicó otro hipermusculado caballero, que vestía de un riguroso negro, como el resto de las personas que trabajaban en aquella finca.
Mientras el forzudo empezaba a hablarnos de aquel tal Salvatore Pantoni, pude adivinar el brazo de una señora en la oscuridad del fondo de la habitación, sentada en un sillón orejero de espaldas a nosotros, al más puro estilo del villano rico de película. Le faltaba estar acariciando un gato. Supuse que ella era la jefa de todo aquello, o «La Ama», según le había oído decir al tipo que no paraba de hablar. El problema era que aquel hombre estaba hablando en italiano, y no como el presentador de las noticias, precisamente. Conducía sus frases una tras otra a una velocidad vertiginosa, dando curvas a diestro y siniestro, y atropellando unas palabras con otras, casi sin parar a repostar. Apenas entendí una o dos palabras sueltas de cada frase. Quise parar un momento a mitad del discurso para indicar que se había cometido un error al contratarme, pero el esbirro que nos había presentado las fotos me dio una colleja monumental, que casi me hace besar la mesa.

—¡Atiende! —espetó.
Decidí que lo mejor sería agachar la cabeza y aguantar el chaparrón, por muy largo que fuera. Cuando el siciliano —juraría que era siciliano— acabó de contarnos la retahíla de detalles sobre Salvatore Pantoni, el señor Sovakov me miró a los ojos, esperando su interpretación del discurso.
Tragué saliva. En mis casi diez años de experiencia, jamás me había puesto tan nervioso. No sé si fue por la presión del momento, el calor que hacía en aquella habitación, la atmósfera tenebrosa que rodeaba todo, la falta de simpatía que había recibido hasta ese momento o las pistolas que asomaban en los cintos de los dos fulanos con los que estábamos tratando.
Carraspeé para aclararme la voz, o para cerciorarme de que esta aún estaba ahí, pues tenía serias dudas, dadas las circunstancias.
Después de unos eternos segundos de incómodo silencio, conseguí encontrar una solución que me resultó medio aceptable.
—Ese es el objetivo —resumí, señalando con el mentón una fotografía del señor Salvatore Pantoni.
Egor Sovakov asintió satisfecho y yo respiré aliviado.
Los italianos me miraron sorprendidos, supongo que por mi capacidad de síntesis, pero también asintieron y nos estrecharon las manos. Saldría de allí vivo. Estaba a salvo, de momento.
Antes de volver a entrar en el lujoso maletero, el señor Sovakov me pidió que le echara un vistazo al dossier que nos habían facilitado y le indicara la dirección del domicilio en el que podríamos encontrar a Salvatore Pantoni para introducirla en el GPS. No quedaba muy lejos, estaba en la misma barriada. Casi podíamos ir andando, pero volví a la penumbra de la parte de atrás del coche.
Mi cliente aparcó cinco minutos más tarde, como era de esperar.
Tras salir del maletero, él introdujo medio cuerpo en el habitáculo para alcanzar una bolsa de cuero que estaba al fondo y de la que yo no había sido consciente. Todas mis sospechas sobre la verdadera ocupación de Egor Sovakov se vieron confirmadas cuando abrió aquella bolsa y extrajo de ella un rifle desmontable.
Tragué saliva e intenté mantener la compostura. Egor Sovakov era un sicario, un asesino a sueldo, un matarife, un killer. Y Salvatore Pantoni era su próxima víctima. El mundo se nubló a mi alrededor, mis piernas flaquearon. Estuve a punto de caer al suelo inconsciente, mientras mi cliente montaba el arma homicida. Cuando acabó su tarea, me miró divertido.
—Vamos —me dijo y me hizo una señal con la mano para que lo siguiera.
¿Por qué tenía que ir con él? ¿Es que acaso iba a interrogar a Pantoni antes de matarlo? ¿Y por qué tenía yo que presenciar un asesinato? Eso no estaba estipulado en mi contrato. Me prometí a mí mismo que si salía de aquella vivo, pondría una reclamación a la empresa, me arrepentí de no haberme inscrito en el sindicato. Aquello no era serio.
Nunca hubiera imaginado que aquel terminaría siendo el mejor día de mi vida.
Me hizo acompañarlo en un paseo sigiloso que rodeó toda la propiedad. Él tomaba notas mentales; yo sudaba. El traje de tres piezas que mi empresa obligaba a llevar a modo de uniforme no estaba diseñado para aquel trabajo de campo. Podía notar cada gota de sudor recorrer mi espalda para esconderse en la cálida oscuridad que existía bajo mis pantalones. Al terminar, sonrió. Parecía satisfecho y fresco, como si hubiera realizado aquella caminata en coche, con el aire acondicionado encendido. Habíamos acabado relativamente cerca de donde empezamos. Egor Sovakov observó entonces los árboles que rodeaban aquella parte de la finca y escogió uno bastante alto, cuyas ramas comenzaban a poca altura. Tras una inequívoca señal con su cabeza, comprendí que quería que nos subiéramos. Suspiré resignado y lo seguí, no sin esfuerzo, hasta una de las ramas más altas. Cuando conseguí sentarme a su lado en la rama que había escogido como campamento, me di cuenta de que las vistas del terreno mejoraban de forma notable. Desde aquel punto se podía controlar toda la entrada de la finca sin ser visto. Por contrapunto, yo sentía que estábamos demasiado expuestos y que, además, cualquier ráfaga de viento un poco más fuerte de lo normal podría hacer que diéramos con nuestros huesos en el suelo. Nunca antes había sido tan consciente del miedo que me producían las alturas. Y nunca hubiera imaginado el miedo que podría experimentar ante un arma de fuego. El rifle del señor Sovakov me cortaba la respiración. Aquello no era la pistola de perdigones con la que yo había jugado de pequeño, aquello era un arma real, un arma que, muy probablemente, ya se había usado antes para asesinar a personas. El simple hecho de pensar en ello hacía que se me revolvieran las tripas y me dieran ganas de vomitar. Sabía que en el momento en el que mi cliente apretara el gatillo, la sola detonación desencadenaría un espasmo incontrolable en mi cuerpo que me haría caer al vacío sin remedio. Estaba convencido de que el golpe contra el suelo me mataría de una u otra manera. Por eso me puse a sudar cuando vi que se acercaba un coche.

El señor Sovakov se incorporó un poco y se apoyó la culata del rifle en el hombro derecho para poder echar un vistazo por la mira óptica. Mi respiración se aceleró más y más conforme el coche se acercaba y creo que tuve un micro infarto cuando se detuvo delante de la enorme cancela de hierro forjado. Yo mismo, sin prismático, podía distinguir la figura del objetivo en el asiento de atrás del coche. Contuve la respiración mientras se abría la cancela, esperando lo peor. Pero Sovakov no apretó el gatillo.
—Ahí está —dijo y solo lo observó a través de su mira óptica.
Respiré aliviado.
Salvatore Pantoni se apeó del lujoso coche y estuvo unos segundos hablando con algunos de sus hombres. Sovakov podría haber realizado su trabajo de una forma sencilla y rápida, pero no lo hizo. Parecía que tenía otros planes y eso me inquietó mucho.
Después de que el señor Pantoni entrara en la vivienda, Sovakov aún estuvo observando durante un buen rato a los hombres que se quedaron fuera durante. Más que observar, los estudiaba. Estuvimos allí, encaramados a un árbol como si fuéramos monos, estudiando los movimientos de los empleados de Salvatore Pantoni hasta que se hizo de noche.
Bajamos del árbol amparados por la oscuridad y nos dirigimos hacia un lateral de la finca. Seguí a Egor Sovakov, que se movía muy decidido en la penumbra, como si se hubiera criado en aquellos campos. Yo iba pegado a él, pisando donde él había puesto los pies para no tropezar. Iba tan concentrado, que golpeé su espalda con mi nariz cuando paró de repente. Impertérrito, ni siquiera se dio la vuelta para preguntar si me encontraba bien. Se limitó a indicarme que lo siguiera nuevamente a lo alto de otro árbol. Nos desplazamos a través de aquellas nuevas ramas hasta que nos encontramos al otro lado de la tapia que limitaba la propiedad de Salvatore Pantoni. Solo quedaba dejarnos caer para estar dentro.
Sovakov lo hizo sin pensar. Cayó de pie y se agachó inmediatamente para confundirse con algunos setos que rodeaban la zona.
Yo no tuve tanto temple. Me quedé quieto, sin saber qué hacer. Egor me miró fijamente. Desde su posición, yo podría parecer un pájaro muy extraño; él, sin embargo, parecía decepcionado.
No estaba entrenado para aquello. Me gustaba el atletismo, pero no me consideraba un atleta y aquel salto quedaba muy lejos de mi capacidad o condición física. Podrían ser tres o cuatro metros, quizás más. Podría partirme un tobillo. ¡Qué demonios, podría incluso matarme!
—Siga usted —susurré en un triste y cobarde intento de que aquello acabara por fin para mí.
Sovakov endureció el gesto, negó con la cabeza y me hizo una señal con la mano para que saltara de una vez. No tuve más remedio. Respiré hondo y me dejé caer del árbol.
Aterricé encima de un seto. Sovakov me ayudó a incorporarme, se puso el dedo índice sobre los labios para indicarme que guardara silencio, dio media vuelta y comenzó a caminar agachado. Antes de seguirlo, me vi obligado a palpar todo mi cuerpo para comprobar que no faltaba nada.
Me sorprendió la quietud del jardín mientras nosotros lo recorríamos. Esperaba que saltara alguna alarma, que nos fulminara una legión de focos, que nos sorprendiera una multitud de violentos guardias armados o una manada de enormes perros hambrientos de carne humana. O todo a la vez. Sin embargo, llegamos a las paredes de la vivienda sin ningún tipo de incidente. Aun así, mi corazón no dejaba de palpitar a toda velocidad.
Egor Sovakov caminó como si fuera un ninja, con la espalda pegada a la pared. Yo hacía lo que podía un metro por detrás de él. Con movimientos rápidos, iba comprobando los cierres de cada ventana que encontraba. Todas estaban cerradas. Empezaba a perder la esperanza de poder visitar el interior de aquella mansión —apréciese la ironía—, cuando bordeamos una esquina y dimos con una cristalera enorme que daba acceso a la zona de la piscina. Dos de los esbirros de Salvatore daban su ronda y se habían detenido a fumar un cigarro, mientras contemplaban ensimismados las ondas que provocaban los chorros de la depuradora en el agua cristalina de la piscina y mantenían una conversación relajada en italiano. La puerta cristalera estaba abierta de par en par. Sovakov echó un vistazo rápido y luego se volvió hacia mí para decirme con señas que todo estaba despejado. De repente, estábamos dentro de la casa.
El señor Sovakov caminó por la casa como si la conociera de antes. Recordé que nos habían enseñado un plano de la vivienda durante algunos segundos. Mi cliente debía tener memoria fotográfica; yo no me acordaba de nada.
Subimos unas escaleras y recorrimos un par de pasillos, ocultándonos detrás de maceteros enormes cuando notábamos la presencia de algún guardia, hasta que llegamos a una puerta de dos hojas. El señor Sovakov se paró ante ella y accionó el pomo para abrirla con sigilo.
La habitación estaba en tinieblas, él entró y se perdió en la penumbra. Yo decidí que estaría más seguro dentro, a su lado, que en el pasillo, solo. Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad. Cuando lo hicieron, Sovakov ya estaba saliendo por una segunda puerta. Estábamos solos en aquella habitación, Salvatore Pantoni no estaba durmiendo, como había supuesto mi cliente. Seguí a Sovakov por aquella puerta y entré en el baño privado de Salvatore Pantoni para encontrar a una persona tumbada en el suelo.

Sovakov encendió la luz del cuarto de baño sin ningún pudor y observó el cuerpo. Le dio una pequeña patada en una pierna. No hubo reacción. Entonces Egor metió el pie por debajo de la cadera del hombre y lo levantó para mover el cuerpo y hacerlo girar hasta que diera la vuelta y se colocara mirando al techo.
Era Salvatore Pantoni.
Sovakov se agachó y comprobó el pulso. No dijo nada, pero negó con la cabeza, mientras volvía a levantarse. Estaba muerto. Sacó su móvil y le hizo una foto.
Por un lado, aquello me alegró. Que aquel hombre ya estuviera muerto significaba que yo no tendría que presenciar un asesinato. Por otro lado, me angustió la idea de que había cometido un allanamiento de morada y me encontraba al lado del cadáver del dueño de la casa. Sin contar con que el asesino podía estar cerca. Comencé a sudar. ¿Quién lo había matado?
—¿Qué va a pasar ahora? —pregunté cómo para mí— Vámonos, ¿no?
Mi cliente no me contestó, porque justo en ese instante se encendió la luz del dormitorio y entró un tropel de fornidos caballeros armados. Estábamos rodeados. Y bien jodidos.
Egor Sovakov levantó las manos en son de paz y me dio un codazo para que estuviera atento a lo que iba a decir. Carraspeé y, con un hilo de voz y muchísimo miedo, di mi típico discurso de bienvenida simplificado.
—Saludos, caballeros —dije en español, esperando que aquellos hombres rudos me entendieran—, mi nombre es José Hernández de la Cruz y voy a asistir a mi cliente como intérprete.
Comencé así la sesión de interpretación simultanea más intensa de toda mi carrera.
—Buenas noches, estimados señores —dijo primero Egor Sovakov en ruso y luego yo en español—, ante todo deben saber que nosotros no hemos tenido nada que ver con la muerte del señor Salvatore Pantoni. Mi nombre es Egor Sovakov y he sido contratado por Antonella Millione, la tía abuela del señor Pantoni, para que lo proteja, pues la señora Millione temía por su vida.
En este punto, paré de interpretar un instante para mirar a los ojos a mi cliente. Estaba tan sorprendido como todos los allí presentes. ¿Era aquello cierto? Desde luego, aquello podía explicar porque Egor no había apretado el gatillo en el árbol, cuando tuvo a Salvatore Pantoni a tiro. Tuve que deshacerme de mis pensamientos, porque Sovakov no había parado de hablar y yo ya llevaba un poco de retraso en la interpretación.
—Desafortunadamente —continué—, hemos llegado demasiado tarde y errado en nuestra misión. Sin embargo, tengan por seguro que daremos con el asesino. El cuerpo está aún caliente con lo que el culpable no debe andar muy lejos.
Egor hizo una breve pausa para mirar a Salvatore, ante la estupefacta mirada de los guardias, que de seguro no daban crédito al espectáculo que estaban presenciando.
—No hay signos de violencia ni de pelea. Eso indica que la víctima fue sorprendida por la espalda. El señor Pantoni tiene claras evidencias de estrangulamiento. Esas marcas en el cuello son típicas de la llave mataleón, lo que nos dice que el agresor es, probablemente, un varón corpulento, de más de metro ochenta.
Conforme yo iba hablando, había ido bajando la voz cada vez más, pues todos los guardias que estaban allí, apuntándonos con sus pistolas, eran corpulentos y medían más de metro ochenta. Egor estaba llamando sospechoso a cada uno de ellos. Estaba claro que me estaban entendiendo, pues con cada frase, sus ceños se fruncían un poco más y sus rostros se encendían de furia. Pero Sovakov continuó hablando y yo, tonto de mí, interpreté sus palabras.
—Todas estas pistas me hacen pensar que el asesino del señor Pantoni está ahora aquí entre nosotros. Recomiendo que se cierren todas las puertas y posibles salidas para que nadie salga, comenzaré con los interrogatorios lo antes posible.
Había ido demasiado lejos.
—È finita! —exclamó uno de los guardias, y con razón, pues lo estábamos llamando asesino así, sin muchos rodeos— Chi sei? Come sei entrato?
Adiviné por el tono, que estaba preguntando algo, y la palabra entrato me sirvió de pista para medio adivinar que quería saber cómo habíamos llegado hasta allí. Después de mis reflexiones, no estaba muy seguro de qué decirle.
—Non capito, escusi —dije forzando un acento italiano, en un vago intento de calmar un poco los ánimos.
Supongo que el hombre creyó que me estaba riendo de él, porque se acercó a nosotros con paso firme y golpeó violentamente a Egor en la cabeza con la culata de su pistola. Mi cliente cayó al suelo inconsciente. Mi corazón se paró un par de segundos, cuando el tipo se volvió hacia mí alzando el arma nuevamente. Casi logré juntar las palmas de mis manos para rogar por mi vida un instante antes de recibir un golpe en la cabeza similar al de Egor. Todo se volvió negro.
***
Desperté horas más tarde (lo supe después, al mirar mi reloj) con un dolor de cabeza terrible y atado de pies y manos con cinta adhesiva. Estaba vivo y me pregunté por qué no nos habrían matado.
Eché un vistazo a mi alrededor. Estábamos en una especie de almacén. Egor Sovakov estaba de pie, mirándome como un jefe mira a un empleado que se ha quedado dormido en el trabajo. Al parecer, él había despertado mucho antes y ya se había desatado por sí solo. Me estaba esperando. Yo intenté hacer lo mismo, pero después de varios forcejeos ridículos, necesité que él me echara una mano.
Cuando al fin pude ponerme en pie y me puse frente a él, lo vi con otros ojos. De repente, me di cuenta de que lo había estado malinterpretando todo. Me había dejado llevar por mis prejuicios y había creído que era un asesino, cuando en realidad, era un protector, un detective, uno de los buenos. Me sentía avergonzado. En ese momento, abrumado, no sabía cómo dirigirme a mi cliente.
—Gracias —le dije, mientras aunaba mis pensamientos en frases que poder decir.
Egor asintió y luego centró su mirada en lo que había a su alrededor.
—¿Sabe? —murmuré, buscando de nuevo su mirada— Me ha alegrado conocer la verdadera finalidad de su cometido. Confieso que me había hecho una idea errónea. Le pido disculpas.
El señor Sovakov me miró solo un segundo y esbozó una medio sonrisa, que acompañó con un arranque de carcajada, que frenó inmediatamente, simulando un poco de tos. Luego volvió a mirar al techo, concentrado en sus propios asuntos.
Aquella reacción me confundió más de lo que esperaba. Ahora no estaba seguro de si lo que había contado a los hombres del fallecido Salvatore Pantoni en aquel cuarto de baño había sido real o solo un burdo intento de salvar el pellejo. ¿A qué se dedicaba realmente aquel hombre? ¿Era un asesino o un guardaespaldas?
En cualquier caso, había llegado tarde a su propósito y ahora parecía más interesado en buscar una salida de aquel agujero en el que nos encontrábamos que en contarme su vida. Lo respeté y no insistí, después de todo, yo también quería escapar de todo aquello.
Pasados unos minutos, escuchamos ruidos al otro lado de la puerta de acero que nos privaba de libertad. Parecían pasos de varias personas. Nuestro tiempo se acababa. Entonces, a Egor se le iluminó la cara. Me sonrió y me señaló un punto en el techo. Una salida de aire acondicionado. ¿Pretendía que escapáramos por ahí, como en las películas? Aquella rejilla no parecía lo suficientemente ancha para que cupiera mi trasero.
Egor empujó una pesada caja de madera para que hiciera las veces de escalera.

Los pasos en el pasillo resonaban cada vez más cerca, y a juzgar por el ruido, juraría que nos superaban en número otra vez.
No había tiempo que perder. La caja aún no estaba en el punto deseado, pero Egor dejó de empujar y se subió a ella y, desde allí, saltó hacia el techo para agarrarse a la rejilla. Lo consiguió a la primera y, mientras sostenía el peso de su cuerpo agarrado con una mano, con la otra empezó a desatornillar los tornillos, usando una moneda que se sacó de un bolsillo. Contemplé con la boca abierta cómo realizaba la tarea.
Los hombres de Pantoni llegaron a la puerta. Pude ver la sombra de sus pies proyectada por debajo de la puerta metálica. Se me erizó el vello de la nuca.
Egor consiguió desatornillar el segundo tornillo y eso hizo que la rejilla cediera y se torciera. No lo iba a conseguir.
Escuché el manojo de llaves tintinear en las manos de alguien, al otro lado de la puerta.
El señor Sovakov luchó fieramente con el tercer tornillo. Consiguió quitarlo y la rejilla cedió por completo, desquebrajándose y haciendo que él cayera al suelo.
El hueco de salida estaba listo, pero nosotros todavía estábamos en el suelo y la llave ya estaba girando dentro de la cerradura. Tenía ganas de gritar de los nervios.
No sabría explicar cómo lo hicimos. Supongo que la adrenalina nos empujó de una manera casi sobrehumana. El caso es que cuando los hombres de Salvatore Pantoni entraron finalmente en la estancia, se la encontraron vacía. Nosotros ya estábamos dentro de los túneles del aire acondicionado de tamaño industrial.
Se abría ante nosotros un laberinto de recodos, ácaros y estrecheces que recorrían toda la propiedad. Dependíamos de la suerte y de nuestro sentido de la orientación —el de Egor Sovakov— para salir de allí con vida.

Perdí el sentido del tiempo siguiendo al señor Sovakov por aquel caos de pasillos de metal, mirando cómo las suelas de sus zapatos se alejaban y se acercaban a un ritmo constante. De vez en cuando se paraba a mirar por alguna rejilla y luego continuaba arrastrándose a cuatro patas. Al principio, yo también miraba, pero casi todo eran habitaciones oscuras con cajas o enseres cubiertos por sábanas. Hasta que en una de esas paradas, Egor se quedó mirando hacia abajo más tiempo de lo normal. Algo había llamado su atención hasta el punto de volver a sacar esa moneda del bolsillo y empezar a desatornillar la rejilla.
Creía que habíamos encontrado una salida, pero fue mucho mejor.
Tras retirar la rejilla, Egor Sovakov pasó su cuerpo por el agujero y se descolgó hábilmente de los túneles de ventilación. Me pareció una tarea sencilla al verlo, pero al intentar repetirlo, me quedé atorado varias veces y casi me caigo de cabeza al suelo. Afortunadamente, después de varios eternos minutos, conseguí descolgarme sin partirme ningún hueso. Y entonces descubrí el motivo por el que Egor había querido salir por aquella habitación.
La chica más hermosa que jamás hubiera visto estaba allí, amordazada, lastimada y maniatada a una silla. Nos miró sorprendida, con los ojos muy abiertos. Los ojos más bellos del mundo.
Egor Sovakov se acercó a ella y comenzó a hablarle con voz dulce. Ella lo miró extrañada, no entendía nada de lo que decía, así que me acerqué a ella también y comencé a interpretar las palabras de Egor con el mismo tono de voz. Ella se volvió hacia mí y me prestó completa atención, ignorando todo lo demás, incluido Egor. Lo extraño es que a mí me pasó algo parecido. Su rostro, bello y armonioso, me cautivó de tal forma que todo lo que me rodeaba dejó de existir.

La voz de Sovakov en mi nuca era un susurro lejano y no me esforcé por intentar escucharlo, con lo que llegó un momento en el que ya no estaba interpretando a Egor, sino que le estaba hablando a aquella chica de mis propios sentimientos. Le abrí mi corazón sin darme cuenta y ya no pude cerrarlo. Ella no dijo nada, pero tampoco hizo falta, nos comprendimos solo con mirarnos. Creo estar bastante seguro de aquello fue amor a primera vista.
Supongo que el señor Sovakov se dio cuenta de que algo no marchaba bien con su cortejo, por lo que decidió cortar por lo sano y meterse en medio.
—Debemos irnos —dijo tajante. Fue como despertar de un hermoso sueño con un jarro de agua fría en la cara.
Terminó de desatarla y nos pusimos en marcha. Creo que Egor estaba un poco decepcionado, porque no dijo ni una palabra en un buen rato. No lo culpo, en aquel momento, yo mismo me encontraba un poco abrumado por todo lo que había pasado y, por supuesto, por la belleza de aquella muchacha y por la conexión repentina que había tenido con ella.
Los pasillos de la mansión del malogrado Pantoni eran anchos y estaban llenos de ostentación, pero lo más importante para nosotros era que estaban vacíos y nos permitieron avanzar bastante rápido. La chica y yo corríamos tras Egor cogidos de la mano. No sabría decir quién estaba más asustado. Pero intuía que era yo.
Me preguntaba dónde estarían los hombres de Pantoni que nos habían noqueado y empezaba a pensar que saldríamos de allí sin problemas, cuando de repente, nos encontramos a varios de ellos al volver una esquina. Nos estaban esperando ahí.
Frenamos en seco y Egor Sovakov se midió con el líder de ellos en un combate de miradas asesinas que duró unos tres segundos. Debió ganar el líder de los hombres de Pantoni, porque Egor dio media vuelta y echó a correr en otra dirección, con nosotros detrás. Me sorprendió que nadie abriera fuego sobre nosotros. Deduje que la chica debía de ser de extrema importancia para que ninguno de ellos se atreviera a disparar. Quería preguntarle quién era, pero íbamos corriendo y me faltaba el aliento.
Encontramos una ventana que daba al jardín por el que habíamos entrado, que ahora estaba iluminado por focos tan potentes que parecía de día. Sovakov se abalanzó sobre la ventana sin pensarlo, atravesándola y rompiendo el cristal en mil pedazos. Estábamos en la primera planta, con lo que no tuve problema en saltar, pero antes de hacerlo, ofrecí la mano a la señorita, para ayudarla a que pasara antes. Para mi sorpresa, ella no solo no cogió mi mano para apoyarse, sino que atravesó el marco de la ventana con una pirueta, como si hubiera estado entrenando en un circo para aquel momento. Yo conocía mis limitaciones físicas, así que primero me subí al poyete de la ventana y luego salté al otro lado. Me sentí un poco ridículo al hacerlo, mientras Egor y la chica me miraban desde el césped con las manos apoyadas en la cintura. Sin embargo, era mejor eso a que me cayera y jodiera la huida del todo.
—Vamos —dije cuando pisé el jardín, preparado para echar a correr.
Pero antes de que pudiéramos dar un paso, nos rodearon cuatro aguerridos caballeros de las líneas de Salvatore Pantoni. Estábamos perdidos.
¿Estábamos perdidos? Pues no.
Ellos no sacaron las armas gracias a que nosotros íbamos con la chica que habían tenido secuestrada, pretendían reducirnos por las buenas. Sin embargo, Egor Sovakov no se rendía tan fácilmente y adoptó inmediatamente una posición de combate. La chica también se puso en guardia y yo… bueno, yo no había peleado en mi vida, así que me puse sutilmente entre ambos para no molestar mucho.
He de confesar que apenas me fijé en cómo luchaba Egor Sovakov, aunque asumo que lo hizo con suma precisión, pues acabó bastante rápido con los dos enemigos con los que le tocó luchar. Yo solo tuve ojos para la chica. Quedé absolutamente fascinado por sus movimientos, sus saltos, la forma en la que esquivaba golpes y lanzaba patadas a la cara, mientras estaba suspendida en el aire. Me dejó con la boca abierta. Tuvo que chasquear los dedos delante de mi cara para hacerme despertar de mi ensimismamiento.
—Vamos —me susurró con una sonrisa cuando volví en mí.
Huimos a través de los árboles del enorme jardín. Egor agarró una silla metálica que encontró y siguió corriendo sin bajar el ritmo hasta llegar a la tapia. Colocó allí la silla y la usó como un escalón para alcanzar la cima de la pared.
Conseguimos salir de allí con vida. Había nacido de nuevo. Fue como volver a respirar después de llevar mucho rato sumergido bajo el agua.
El camino que quedaba hasta el coche lo hicimos caminando, ocultándonos en la maleza del monte. Lo agradecí, hacía mucho que no me ejercitaba de aquella manera y a aquellas alturas ya estaba fundido. No estaba tan en forma como hubiera imaginado.
Durante el pequeño paseo, tuve tiempo de interesarme por la chica. Resultó que se llamaba Rossana y era la sobrina de Antonella Millione, la ama, la mujer que había contratado los servicios del señor Sovakov. Eso le daba más peso a la posibilidad de que la señora Millione hubiera contratado a Egor para asesinar a Salvatore Pantoni. Sin embargo, no me cuadraba que no hubieran mencionado nada de Rossana en aquella incomoda presentación que nos dieron al principio de la jornada. Había cabos sueltos, tenía muchas preguntas, pero llegamos al coche y no pude formularlas.
La puerta del maletero del coche de Sovakov estaba abierta. Eso nos puso en alerta, aunque no parecía haber nadie por allí. Egor se acercó con sigilo y registró el coche para luego maldecir en ruso.
Tras preguntarle, comprendí que mis primeras pesquisas respecto al verdadero trabajo de Egor Sovakov eran desgraciadamente ciertas: había sido contratado para acabar con la vida de Salvatore Pantoni. Pero todo había sido un error porque, en realidad, no lo habían contratado a él, sino a Vitaly Sovakoiv, otro asesino a sueldo ruso con más prestigio que él —esto último lo deduje yo mismo, Egor nunca admitiría tal cosa—. Eso significaba que Sovakov era un impostor y que cuando los guardas de la señora Millione preguntaron con sorna por Sobaco IV no se estaban equivocando gramaticalmente. Estaban preguntando por Sovakoiv. Toda aquella retahíla que soltó Sovakov para convencer a aquellos tipos de que había habido un error de transcripción con su apellido solo fue un engaño, parte de su estrategia para hacerse con el trabajo de Vitaly Sovakoiv.
Pero ¿qué había pasado con Sovakoiv? ¿Y quién había matado a Salvatore Pantoni?
La respuesta estaba clara. Até los cabos enseguida.
Sovakov había reducido a Sovakoiv y lo había enrollado en aquella manta gigante que había en el maletero del coche. Sentí un escalofrío al darme cuenta de que había estado viajando con él en el maletero. Pero Vitaly había despertado antes de tiempo, había salido del coche, había averiguado, no sé cómo, quién era el objetivo y había terminado el trabajo antes de que nosotros entráramos en la vivienda. Y lo había hecho tan magistralmente bien, que los hombres de Pantoni solo se dieron cuenta de que algo iba mal cuando entramos nosotros.
Cuando pregunté por dónde podría estar ahora Sovakoiv, Egor se llevó un dedo a los labios para hacerme guardar silencio y nos indicó a mí y a Rossana que nos ocultáramos en la maleza.

Sovakoiv apareció a los pocos minutos, portando un maletín gris. El pago. Su cara mostraba la satisfacción de un trabajo bien hecho, a pesar de las circunstancias adversas. Se dirigió al maletero para soltar allí el maletín. Parecía tener intención de llevarse el coche —que a lo mejor era suyo, ahora ya no podía estar seguro de que Egor fuera el legítimo dueño de aquel lujoso vehículo.
Antes de que pudiera cerrar el portón, Sovakov se abalanzó sobre él y lo golpeó en la cabeza con una porra que se había sacado de un bolsillo de su chaqueta. Vitaly se desplomó sobre el interior del maletero y Egor aún le golpeó dos veces más para asegurarse. Luego lo tiró al suelo, sacó la manta y lo volvió a enrollar en ella con una facilidad pasmosa. Tampoco necesitó de nuestra ayuda para devolver el ovillo al interior del coche, al fondo del maletero, donde debía estar.
Cuando hubo terminado, comprobó el interior del maletín y sonrió satisfecho. Todo le había salido bien. Bueno, casi todo. Al volver a mirarnos, su sonrisa desapareció. Estaba visiblemente molesto con el resultado de su flirteo, parecía no estar acostumbrado a que le dieran calabazas. Aun así, fue educado y nos comentó que si lo necesitábamos, podría acercarnos a cualquier sitio. Daba por hecho que Rossana y yo ya estábamos juntos, lo cual me complacía sobremanera.
Miré a Rossana a los ojos. En solo un instante comprendí que ella ya estaba cansada de la vida de mafias familiares que llevaba y que ya no quería formar parte de aquel juego peligroso. Estaba dispuesta a venirse conmigo a donde fuera. Así que aceptamos la oferta de Egor Sovakov y él nos ofreció, con una reverencia, un sitio en el maletero, al que accedimos con gusto.
Nos dejó en el aeropuerto y me preguntó si me gustaría que lo contactase en el caso de que surgiera otro trabajo. Tras meditar un poco en todo lo vivido en las últimas veinticuatro horas, finalmente decidí darle una de mis arrugadas tarjetas de visita, porque ¡qué demonios! Aquel había sido el mejor día de mi vida.

Cristina Marmolejo
El primer corto que vía de Fran Castillo, y sinceramente, también fue la primera vez q me reía tanto con un corto. Recomendado 100%