Soy emigrante.

Recientemente he sabido que solo soy ibérico en un 46%, el resto de mi ADN desciende de diferentes partes de Europa y del norte de África, incluyendo Nigeria. Quizá mi condición genética haya contribuido en algo al hecho de que no me temblara la mano al decidir emigrar hace ya más de diez años, pero lo cierto es que siempre me ha gustado viajar y me apasiona conocer otros idiomas y culturas.

Cuando hablamos de migración, casi todos se imaginan grupos de subsaharianos cruzando el estrecho y entrando en España de forma illegal, pocos se acuerdan de que España ha sido, y es, un país de emigrantes. Mi padre también fue emigrante en su momento, hace cincuenta años, pero las condiciones y las circunstancias entonces eran muy diferentes.

Según ha indicado el Instituto Nacional de Estadística el pasado 15 de marzo de 2017, «el número de personas con nacionalidad española que residen en el extranjero alcanzó los 2.406.611 el 1 de enero de 2017, […] esta cifra supone un aumento del 4,4% (101.581 personas) respecto a los datos de año pasado». A pesar de la aparente recuperación económica que se ha vivido en España en los últimos años, el número de españoles que han dejado el país en busca de una vida mejor se ha incrementado en casi un millón desde el 2009. Y esta cifra podría ser mayor, debido a que el INE contabiliza únicamente a los emigrantes que se registran en las embajadas y consulados, y no todos los españoles que emigran realizan ese trámite. Pero esta migración masiva podría tener beneficios a largo plazo, y uno de ellos podría ser la mejor competencia de segundas lenguas o el bilingüismo de las siguientes generaciones.

Se podría pensar que esta migración es como la que sufrió España en los años 60, pero no es así, en la anterior migración se necesitaba, sobre todo, mano de obra no especializada; sin embargo, en la actualidad, los jóvenes que están emigrando tienen estudios universitarios y optan por trabajos más especializados y mejor remunerados. Emigran para poder trabajar de lo que han estudiado y crecer profesionalmente, algo casi imposible si se quedan en España. Su nivel de vida mejora exponencialmente en el extranjero y es normal que no se planteen volver en algunos años. Este hecho da pie a que se sientan seguros, mejoren sus competencias en el segundo idioma para integrarse mejor en el país anfitrión y empiecen a formar familias. Y son los hijos de esas familias los más beneficiados, porque van a crecer en un entorno multicultural y bilingüe.

Muchos estudios sostienen que los niños que crecen en un entorno bilingüe son más creativos, desarrollan mejor las habilidades para resolver problemas y disponen de una facilidad innata para aprender nuevos idiomas y, por supuesto, contarán con una clara ventaja a la hora de enfrentarse al mundo laboral.

En definitiva, aunque al principio pueda parecer duro salir de la zona de confort y alejarse de la seguridad del hogar, la emigración puede ayudar a crecer en lo profesional y en lo personal, abriendo la mente a nuevas culturas y ofreciendo la oportunidad única del bilingüismo a la siguiente generación.

Quizá la actual inestabilidad económica que sufre el país sea el germen de una nueva oleada de traductores e intérpretes bilingües en las próximas décadas.

Referencias:

INE. (2017). Estádistica del Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero. Notas de prensa. http://www.ine.es/prensa/pere_2017.pdf

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