¿Te acuerdas del apagón del 2025?
Lo primero que pensé como adulto fue “mierda, el internet” y después “mierda, la comida del congelador”, pero hubo un tiempo en el que un apagón significaba otra cosa más alucinante.
Recuerdo un apagón enorme cuando era un chiquillo, allá por los años 80. Toda la calle se quedó a oscuras (probablemente todo el barrio, pero no salí a comprobarlo). Recuerdo a mis padres buscando velas, linternas y el camping gas antes de que oscureciera, por si acaso. Y cuando llegó la noche empezó lo bueno.
Salí a la calle y me encontré con mis amigos. Todo estaba oscuro y era estimulante pasear por la calle sin el resguardo de las farolas. Cuando encontramos el rincón más oscuro, nos sentamos en el suelo haciendo un corro, alguien sacó una linterna pequeña y nos pusimos a contar historias de miedo y leyendas urbanas.
No recuerdo todas las historias que se contaron allí, pero hubo una que se me quedó grabada.
Trataba sobre una chica que se llamaba Verónica; una amiga de una amiga dijo mi amigo, que había jugado a la ouija y no se lo había tomado en serio. Al parecer, la sesión de espiritismo no salió muy bien y la chica murió a los pocos días en extrañas circunstancias, con unas tijeras clavadas en el cuello. Otra amiga interrumpió para decir que sabía dónde se había realizado la sesión de espiritismo. Se había hecho en el descansillo de la escalera de la última planta de un edificio de nuestra calle. Ese edificio está realmente cerca de la casa de mis padres.
Lo realmente aterrador de la historia era que el espíritu de aquella chica no descansaba en paz desde entonces y era posible invocarlo con cierta facilidad. ¿Para qué querría uno invocar a un espíritu traumatizado? Pues para saber ciertas cosas. El espíritu de Verónica podría responder preguntas sencillas sobre el amor o la muerte.
Invocarla no era tan sencillo como pudiera uno imaginar. Había que mirarse a un espejo (normalmente en el baño) a oscuras o con la luz de una vela y pronunciar su nombre tres veces. Pero antes de eso había que abrir una Biblia por la mitad y dejar sobre ella unas tijeras abiertas a las que se le había atado un lazo rojo. Recuerdo que respiré aliviado al darme cuenta de que yo no iba a poder invocarla, aunque quisiera, porque no tenía la certeza de que tuviéramos una Biblia en casa (que luego sí había una, al parecer).
Mi amigo nos advirtió que, si lo hacíamos, la chica podría responder lo que le preguntáramos, pero que antes de irnos, debíamos cerrar la sesión, porque de no hacerlo, el espíritu se podría quedar encerrado en la habitación y perseguirte hasta hacerte enloquecer o algo peor. Para cerrar sesión, primero había que pedir permiso para cerrar la sesión. Si las tijeras se movían hacia el lado determinado como “sí”, se podía proceder. En el caso de que se movieran hacia el “no”, habría que seguir jugando hasta que se concediera permiso para terminar. Cuando se obtuviera el permiso para cerrar sesión, había que cerrar las tijeras por completo, desatar el lazo rojo, cerrar la Biblia y encender las luces para romper el ambiente de invocación.
Personalmente, me espantó la idea de invocarla y que después ella no quisiera que cerráramos sesión y que nos atara a su lado por un tiempo indeterminado. ¿Qué excusa pondríamos a nuestros padres cuando llamaran a la puerta? Y aún más ¿qué podríamos hacer cuando llegara el hambre, la sed o el sueño? El horror me hizo estremecer.
La adrenalina corrió por mi cuerpo esa noche y disfruté del apagón como nunca lo haré de adulto, porque hoy sé que esa historia es solo una leyenda urbana.
Pero ¿qué hay de cierto en esta historia? Pues prácticamente nada, al parecer. Alguien se la debió inventar en algún momento y se propagó como un buen virus. Yo, por lo que pueda pasar, nunca dejo las tijeras abiertas en ningún sitio, y mucho menos encima de una Biblia (aunque, ciertamente, esa posibilidad es bastante remota).
Por supuesto, hay gente curiosa en este mundo que ha intentado invocar a Verónica, porque la vida es aburrida a veces, y algunos de los que han probado han reportado haber visto a la chica en el espejo, pero, lamentablemente (o todo lo contrario), existe una explicación científica. El efecto se llama Troxler y ya he hablado de él en este blog. Consiste en mirar fijamente un punto en un espejo en una habitación con poca luz, al parecer las neuronas visuales se saturan y el cerebro empieza a distorsionar zonas periféricas del reflejo, creando imágenes un poco locas.
¿Tú conocías la leyenda de Verónica? ¿Te atreverías a invocarla?
