El otro día, con la urgencia del momento, fui al baño y me olvidé el móvil en el salón. Os prometo que ha sido la vez que más rápido he descomido en años. Sin esa fuente de distracción infinita que es el smartphone, mi cuerpo reaccionó positivamente finalizando la tarea lo antes posible, para poder seguir lo que estuviera haciendo, o para volver a coger el móvil y tener mi siguiente chute de dopamina.
No hay que ser un lumbreras para darse cuenta de que puedes descomer un 90% más rápido si vas al servicio sin el móvil. Estoy seguro de que esto ya lo sabías, aunque no quieras reconocerlo. Yo también lo sabía, pero he sido consciente de ello de la forma más práctica posible.
El hecho es que esto me hizo recordar que hubo una época de mi vida en la que iba al baño sin móvil, porque sencillamente no existía esa tecnología (un poco viejo sí que soy) y, de repente, he desbloqueado un recuerdo que ya creía desaparecido en mi memoria y es que cuando no había móviles, o cuando estos solo servían para llamar o mandar mensajes y no eran un ordenador pequeñito, mis ratos de descomer eran momentos de introspección en los que crecía mi creatividad. Ahora recuerdo que en el cuarto de baño de la casa de mis padres, antes de la reforma que hizo mi padre (con sus propias manos), había un mueble con puertas de espejo, como los mueble romi de toda la vida, esos que se solían colgar en la pared encima del lavabo, solo que este era de dos metros de alto y estaba en el suelo, al lado del lavabo y justo en frente del retrete. Eso permitía estar mirándote al espejo, si querías, durante los diez o quince minutos que durara el sano proceso de despedir a un amigo del interior.
No sé si habéis oído hablar de esa leyenda urbana que dice que, si te miras al espejo durante más de diez minutos, tu cerebro empieza a disociar y la visión y percepción de la realidad se puede ver algo modificada. Bueno, pues lo mismo no es tan leyenda, porque en 2010, un tipo llamado Giovanni Caputo realizó un experimento que tituló La ilusión de una cara extraña en el espejo, en el que estudió la reacción del cerebro ante una exposición continua a un espejo y sin mucha información extra que altere la observación del reflejo. Los resultados fueron llamativos: unos veían sus rostros horriblemente deformados, otros veían rostros desconocidos o rostros de familiares, arquetípicos, como un niño o un anciano, otros veían rostros de animales y hubo quien vio seres fantásticos y monstruosos. Esto ocurre por una adaptación perceptual del cerebro. Al mirar tu reflejo por un tiempo prolongado, las neuronas visuales dejan de procesar los estímulos periféricos constantes, haciendo que los detalles faciales se distorsionen y aparezcan como otra cara, rostros deformes o desconocidos. Caputo mantenía que mirarse al espejo implica sensaciones dentro del sujeto como las que se obtienen en las interacciones cara a cara, como mimetismo, sincronización o conexión emocional. No es algo peligroso, pero lo cierto es que todos los que participaron en el experimento coincidieron en que se sintieron observados.
Y ahora, seguramente, os preguntaréis qué veía yo en aquellos momentos de soledad y epifanía. Pues yo me veía a mí mismo, sin más. Mi fracaso en el experimento lo achaco a dos factores determinantes. El primero es que se necesita una luz tenue para que no existan distracciones, de hecho, la leyenda urbana habla de ponerse delante del espejo con la única luz de una vela, y lo cierto es que el baño de mis padres estaba (y está) muy bien iluminado. El segundo factor es quizás una consecuencia del primero, y es que el efecto exige mirar fijamente durante un tiempo prolongado, cosa que yo no hacía porque mi capacidad de concentración es muy voluble y, además, no era consciente de este fenómeno, con lo que tampoco lo andaba buscando.
Pero sí os puedo decir que mientras me miraba al espejo, mi imaginación volaba y la inspiración llegaba a borbotones, como cuando desatrancas una tubería gorda (este símil puede volverse muy gráfico si pensáis en donde estaba sentado…). Muchas de las ideas locas que escribí en aquella época, y que luego convertí en guiones para cortometrajes, salieron de las sobremesas que pasaba sentado en el trono ante aquel armario de espejo. Las digestiones pesadas pueden dar como resultado cosas muy chulas a veces.
Y después de todo esto que os he contado, llego a la conclusión de que debo cambiar mi rutina, debo ir al baño sin móvil para poder acceder a esa parte de mi mente que está dormida el resto del día, donde se esconden las buenas ideas, los giros imposibles para las historias que escribo, esa parte de mi mente a la que de un tiempo a esta parte me cuesta tanto esfuerzo llegar.
Ah, y también me tengo que comprar un espejo nuevo para el baño.

Pepa
Ostras….ese armario!!!! Mientras que te leía intentaba visualizarlo pero cómo que lo había olvidado. Cuando has mencionado «y estaba en el suelo» de repente lo he visto jajajajaja.
Pero sí he de decir que en otras ocasiones me he mirado en un espejo un tiempo prolongado sin ningún pensamiento y pasan cosas ….
Enhorabuena por tu post!!! 🙂
FranCastillo
Ah, he desbloqueado tu recuerdo también, jeje. Mola!!
¿Y dices que a ti sí te ha funcionado el experimento? ¡Interesante!