Para mi nuevo proyecto literario, del que ya os hablaré más adelante (estoy impaciente), necesitaba saber cómo vive la gente en situaciones de temperaturas extremas; cómo combaten el calor, qué comen… Como cordobés que soy, estoy acostumbrado a altas temperaturas, pero yo necesitaba ir un poco más allá. Tras leer algunos artículos y ver algunos documentales, me acordé de que una de las novelas más conocidas de Alberto Vázquez-Figueroa, y que yo aún no había leído, se titula Tuareg (1980) y pensé que me podría servir de ayuda. Por supuesto que lo ha hecho.

Tengo que decir que me he bebido esta novela como una cervecita fresquita en una terraza de verano delante de la playa. He disfrutado cada sorbo y me ha durado muy muy poco.

Sabía que el reconocido autor había vivido muchísimos años en el desierto y había conocido a este increíble pueblo de primera mano, por lo que estaba seguro de la veracidad de lo que pudiera contar en esta novela. Una de las mejores cosas de leer un libro de Vázquez-Figueroa es que, desde la primera página, te das cuenta de que sabe de lo que habla.

«Los tuareg constituyen un pueblo altivo cuyo código moral difiere del de los árabes. Auténticos hijos del desierto, los tuareg no tienen rival en cuanto a sobrevivir en las condiciones más adversas. El noble inmouchar Gacel Sayah, protagonista de esta novela, es amo absoluto de una infinita extensión de desierto. Cierto día llegan al campamento dos fugitivos procedentes del norte, y el inmouchar, fiel a las multiseculares y sagradas leyes de la hospitalidad, los acoge. Sin embargo, Gacel ignora que esas mismas leyes le arrastrarán a una aventura mortal… Una apasionante epopeya que es a la vez un canto a uno de los pueblos más singulares del mundo.»

Comienza así una fantástica y auténtica historia de aventuras. Lo que para otros sería una nimiedad, para este caballero del desierto es una cuestión de honor y de principios, ¿y qué es un hombre sin honor?

Las leyes del desierto son muy claras: la hospitalidad es básica para poder sobrevivir. Negar un plato de comida o cobijo en su jaima puede significar la muerte del forastero. Por eso, si te pierdes en el desierto, puedes considerarte afortunado si encuentras una familia tuareg. ¿Pero qué pasa si alguien viene a molestar, agredir o incluso asesinar a los huéspedes de un tuareg? Pues que este se sentirá obligado a defender a sus huéspedes hasta las últimas consecuencias. Unos incautos han manchado el honor del inmouchar Gacel Sayah, al que llaman el Cazador, un hombre que conoce el desierto mejor que nadie, que no le tiene miedo a nada y que es capaz de poner en jaque a un país entero.

Con esta novela no solo he disfrutado de las aventuras de este increíble personaje, sino que he aprendido mucho sobre esta enigmática y desconocida cultura y, sobre todo, sobre la vida en el desierto a altas temperaturas. La forma en la que el maestro Vázquez-Figueroa describe el calor hizo que me sumergiera en la historia de tal modo que, en alguna ocasión, me sorprendí sudando, mientras me imaginaba a mí mismo paseando por aquellos extensos arenales.

Algo a tener en cuenta es que, muchos años después, Alberto Vázquez-Figueroa decidió crear una saga a partir de esta trepidante historia y ahora existen dos libros más: Los ojos del Tuareg (2000) y El último Tuareg (2014), novelas que, sin duda, formarán parte de mi estantería. Os hablaré de ellas muy pronto.

De momento, si queréis echarle un vistazo más a fondo a la primera parte de esta saga, podéis encontrarla aquí: Tuareg

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