No suelo hablar de una novela que aún no he leído, ni mucho menos de una novela que ni siquiera tengo todavía en mi estantería, pero con Ecos de la mente tengo que hacer una excepción, porque Fernando Llorden, su autor, se ha marcado una preventa antes vista (por mí, se entiende).

Prometió un ejemplar firmado y dedicado, hasta todo normal, pero además, prometió un relato personalizado para todo aquel que comprara la novela en preventa. Ya me llamaba la atención, pero ese gesto terminó de convencerme. Al realizar la compra, Fernando se puso en contacto conmigo para que le indicara la premisa para el relato que escribiría para mí.

¿Adivináis qué le dije? Leed el relato y luego hablamos.

***

Cristina no creía en el COVID-19. Era de la opinión (cada vez más extendida) de que todo se trataba de una engañifa, una confabulación de los distintos gobiernos para controlar a la sociedad. Nuevos gastos que imponer al pueblo —mascarillas, guantes, gel hidroalcohólico—, y una excusa firme con la que someter a los votantes, quedando recluidos, y no pudiendo ejercer su derecho a la libertad.

Estábamos en el año 2023, y ya se habían cumplido tres desde la eclosión de semejante seismo mundial. La psicosis del primer año, en el que las cifras de muertos aumentaron en la oleada inicial y el rebrote de los meses posteriores habían quedado en el olvido. Los mandos internacionales observaban cómo el temor a la supuesta pandemia se había ido erosionando con el paso de los meses; estaban comprobando cómo la tensión que ejercían dejaban de causar el efecto deseado. Contemplaban cómo el yugo que se habían sacado de la manga perdía fuerza con cada semana transcurrida.

Por eso le habían dado a su idea una nueva vuelta de tuerca, pero Cristina no era tan fácil de engañar.

el número de muertes ocasionadas por el COVID parece estar remitiendo pero, como contrapartida, una nueva problemática ha surgido a causa de la evolución del que ya se nombra como el virus más dañino de la época moderna. Hay cierta reticencia a desvelar información sobre esta mutación, pero fuentes anónimas se atreven a hablar de ciudadanos que no mueren, pero varían su comportamiento.

Los síntomas de esta nueva afección serían tales como brotes violentos, pérdida de la memoria y del habla, así como un cambio visible en el color de piel…

¡Venga ya! ¿Una versión edulcorada de The Walking Dead? ¿A ese punto se estaba llegando para ejercer control sobre la ciudadanía?

Cristina no conocía a nadie que hubiera caído presa de ese virus tan peligroso. ¿Cómo era posible que, en más de tres años de confinamientos y restricciones, nadie en todo su círculo social hubiese, ya no muerto, sino siquiera enfermado?

La mayor engañifa de la época moderna, eso era. En las próximas elecciones generales, ya a la vuelta de la esquina, no dudaría en votar a Miguel Bosé en su nueva faceta como líder político. Era la mejor de las noticias en los últimos años de sumisión. Una voz potente, alguien palpable a quien seguir a ciegas.

Cambió de canal en la televisión, porque ya estaba harta de tanto refrito, noticias recicladas de los años anteriores. Lo mejor sería poner Sálvame para desviar un poco sus pensamientos de tanta desazón.

La cerradura del hogar efectuó su clásico sonido, lo que indicaba que Jorge había vuelto. Un poco pronto pero, por fortuna, ir a la compra ya no representaba un suplicio. La gente estaba comprobando que no había nada que temer, y las colas interminables y estantes vacíos dejaban de ser la norma (más gasto derivado por los gobiernos gracias a la vorágine psicótica que habían generado).

Era cierto que el bombín de la puerta comenzaba a dar problemas cada vez más acentuados, pero Jorge llevaba ya más de medio minuto forcejeando con él. Cristina negó con la cabeza por tener que levantarse, y arrastró los pies. Murphy acudió con uno de sus clásicos, puesto que cuando ya se acercaba a la puerta, escuchó el clic que certificaba el éxito desde el otro lado. Se había levantado para nada.

Los herrumbrosos goznes chirriaron ante el esfuerzo de la apertura, y la hoja de madera efectuó un cansino recorrido. La tenue penumbra a la que Cristina ya se había acostumbrado fue violada por el rayo de luz que ganaba terreno desde el exterior, hasta tal punto que tuvo que colocar su mano a modo de visera para mitigar la molestia.

—Ya era hora, ¡que tengo hambre!

Se giró, sin dedicar a su marido una mísera mirada, sin enviarle una sonrisa siquiera, y sin, ni mucho menos, intención de darle un escueto beso de bienvenida. Cualquiera de aquellas minucias, cualquiera de aquellos gestos del amor que una vez se profesaron hubiera salvado la vida de Cristina.

Su cansino caminar hacia la cocina fue interrumpido ante una acometida animal. Jorge la tumbó, y la frente de Cristina golpeó en su descenso contra la esquina de la mesa. Quedó aturdida, y cuando fue capaz de abrir los ojos y vencer al mareo que la embriagaba, se vio tendida boca arriba, sus manos y piernas bloqueadas por las de aquel ser que un día fue hombre. Que un día la amó.

Sus ojos, inyectados en puro rojo delirante, le dedicaban la más ávida de las miradas. De su boca manaba la saliva, que goteaba anárquicamente sobre la tela del pijama. Cristina supo que no podría salir con vida de ahí, pero no tenía claro si era eso lo que más le dolía, o si se trataba del engaño en el que había vivido en los últimos años.

***

¿Os ha gustado? A mí sí. Mi premisa fue «El novio/marido de la protagonista se convierte en zombi». Creo que Fernando lo ha defendido bastante bien. Pero el relato está un poco incompleto. Le falta el título. ¿Me ayudáis a ponerle uno? ¿Se os ocurre algo?

Por supuesto, no he sido el único que se ha hecho con la novela. El autor ha tenido bastante curro en las últimas semanas escribiendo relatos para mucha gente, y ahora que ya ha terminado la preventa, Fernando los está publicando en su blog. El mío ha sido el primero, he tenido ese privilegio. Si, como yo, tenéis curiosidad por conocer lo que le ha pedido el resto y queréis leer los relatos, aquí os dejo el link de su blog, para que disfrutéis un poco. Yo no me los pienso perder.

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