Llegaba tarde. No era típico en ella. De hecho, siempre se quejaba de la gente que se comportaba así, pero aquella ocasión era diferente. No estaba segura de querer ir. Había dudado hasta el último momento. Sabía que era importante para Leticia, todos sus amigos del equipo estarían allí y era la ocasión perfecta para las presentaciones, pero es que a ella no le gustaba el fútbol y odiaba el ambiente que algunos partidos importantes generaban, y este lo era, aunque no recordaba muy bien qué equipos jugaban.

—¿Vas a venir o no? —le había preguntado Leticia quince minutos antes de que empezara el partido.

—Ya estoy llegando —le había contestado.

Mentira.

Ni siquiera había salido de casa. Pero en ese momento decidió que no podía dejarla tirada. No podía ser tan egoísta. El amor es dar y tomar, hoy por ti y mañana por mí. Así que cogió la chaqueta y se dispuso a salir. Un momento antes, se asomó por la ventana para comprobar el tiempo.

«No lloverá» pensó y dejó el paraguas en casa.

La tormenta la pilló a medio camino. Al principio fueron solo unas gotas, pero para cuando pulsó el porterillo del piso de Leticia, ya estaba empapada.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Leticia al abrir la puerta y verla.

Emma no supo determinar por su cara si se refería al hecho de que llegara tarde o al hecho de que llegara chorreando.

—No te lo vas a creer… —dijo, mientras pensaba en qué decirle.

—Anda, pasa —dijo Leticia, mientras se hacía a un lado.

Entró y le dio un beso en los labios a Leticia, mientras esta cerraba la puerta del piso.

—El partido ya ha empezado y está emocionante —dijo Leticia al advertir la duda en los ojos de Emma—, no van a prestarte mucha atención, no te preocupes.

Emma asintió, un poco más tranquila, y respiró hondo.

Entraron en el salón y a Emma empezaron a temblarle las piernas otra vez. Podía haber seis o siete personas allí. Ocupaban todos los asientos posibles que había en la sala y además había un chico sentado en la alfombra y una muchacha que estaba de pie, echada en la pared.

—¡Chicos! —gritó Leticia para llamar su atención—, esta es Emma.

Todos volvieron la mirada hacia ella, saludaron y dijeron sus nombres, pero lo hicieron todos a la vez, con lo que Emma no entendió nada. Parecía que alguien iba a decir alguna cosa más, pero entonces pasó algo en el partido que hizo pitar al árbitro, con lo que todos volvieron a mirar a la pantalla, emocionados.

«Menos mal» pensó Emma.

—Hola —dijo con una voz casi inapreciable, comparada con el volumen de la tele.

Leticia le puso la mano en el hombro para llamar su atención.

—Puedes ir a mi cuarto y ponerte ropa seca, si quieres —dijo—. Las cervezas del frigo ya se han acabado, así que si quieres una, ve a la nevera de la terraza.

Le dio un beso y buscó su hueco en el sofá para seguir viendo el partido.

Emma se quedó de pie mirando a los amigos de Leticia. Por un momento, la envidió. Era mucho más popular, hablaba con todo el mundo y hacía amigos muy rápido. Solo hacía unas semanas que se había inscrito en aquel equipo de fútbol para jugar una liguilla de barrios y ya tenía a media plantilla metida en el salón. A ella, sin embargo, le costaba horrores hacer amigos. Podría contarlos con los dedos de una mano.

Bueno, aquello tenía que cambiar. Decidió que aquella tarde se haría amiga de todas aquellas personas. Pero para ello iba a necesitar desinhibirse un poco. Una cerveza le vendría bien. Pero antes de ir a la terraza a por ella, siguió el consejo de Leticia y fue a su cuarto a cambiarse de ropa. Cuando estuvo seca, se dirigió a la cocina, donde estaba la puerta que daba a la terraza.

Aún no había parado de llover, pero la terraza del piso de arriba ofrecía un techo bajo el que resguardarse, con lo que podría llegar hasta la nevera sin mojarse otra vez. Esta era de color blanco y tenía forma de arcón como los que había en las despensas de las carnicerías. No era muy grande, se le ocurrió pensar que Leticia no podría guardar un cadáver allí, dado el caso de que tuviera que esconder uno en un momento dado. Sin embargo, cuando abrió la tapa se sorprendió. Era mucho más profundo de lo que parecía desde fuera.

Sintió la bocanada de aire gélido en la cara y observó su interior. Estaba casi vacío, solo había una cerveza de lata y estaba al fondo, medio enterrada entre un par de bolsas de plástico y cubitos de hielo a punto de derretirse del todo. Metió la mano, pero no la alcanzó. Dio un paso atrás y volvió a mirar el arcón, incrédula. Desde fuera no parecía tan profundo. Se acercó de nuevo y apoyó el vientre en el borde para poder introducir la mitad de su cuerpo dentro de la nevera. Aun así, solo consiguió rozar la lata con la punta de los dedos.

«Joder» pensó y forzó un poco más la posición.

Tocó la lata, pero el agua y los hielos la hacían resbaladiza.

Levantó los pies en el aire un poco más y, entonces, perdió el equilibrio y cayó dentro del arcón de cabeza.

Intentó frenar el golpe con las manos, pero no chocó con nada. Sus manos llegaron al agua y siguieron bajando, seguidas de todo el cuerpo. Y fue como si se tirara de cabeza a una piscina. De repente, se encontraba buceando dentro de la nevera.

Aguantó la respiración e intentó darse la vuelta para salir de aquel lugar extraño. Vio el reflejo de algo luminoso por encima de ella y nadó hacia él, con el único deseo de poder volver a respirar. Pero con la ropa no podía nadar bien y se desplazaba muy despacio.

No estaba preparada para aquello, no había guardado el aire suficiente en sus pulmones, con lo que empezó a agobiarse al ver que no conseguía llegar a la superficie. Cuando ya no pudo más, dio una bocanada de agua. Y después otra. Y se rindió. Pero, de repente, sintió como algo la agarraba por la muñeca derecha y tiraba de ella a toda velocidad.

En menos de dos segundos estaba en la superficie, echada en uno de los bancos de una barca. Respiró, tosió y vomitó agua. Estaba salvada.

—¿Estás bien? —preguntó una profunda voz masculina.

Emma abrió los ojos y miró a su salvador. Lo vio un poco borroso, pero notó algo raro en él. Pestañeó y volvió a mirar.

Tenía la nariz chata y unas orejas grandes y puntiagudas. No tenía pelo en la cabeza, ni en la barba, ni en las cejas. Sus ojos tenían un iris con reflejos de un amarillo intenso. Pero lo que más le llamó la atención fueron los enormes colmillos inferiores, que le sobresalían de la boca como si fuera un jabalí, y los tatuajes que le cubrían la cara y el cuello de un tono azul verdoso. La piel de su cara tenía una textura áspera, o quizá fuera un efecto de los tatuajes. Aquel hombre la había salvado, pero no era normal. Cuando le tendió la mano para ayudarla a incorporarse, ella intentó alejarse de él, recelosa.

Miró a su alrededor, confusa. Estaban en una barca de remos, rodeados de agua. A lo lejos veía árboles.

—¿Dónde estoy?

—En el parque del Retiro —contestó el hombre.

Hacía un momento estaba en la terraza del piso de Leticia y, de repente, había aparecido en el estanque del Parque del Retiro. ¿Cómo era eso posible?

El hombre volvió a ofrecerle la mano. Ella la miró, también estaba llena de tatuajes azulados, ¿o eran manchas naturales de su piel?

—¿Cómo he llegado aquí?

—No tengo ni idea —contestó él—. Te he visto de casualidad, mientras remaba.

Torció el gesto y la miró divertido. Era consciente de la impresión que le estaba causando.

—No te asustes —dijo—, no voy a hacerte daño.

Sonrió, mostrando aún más sus grandes colmillos inferiores.

—Me llamo Schroe —dijo, y volvió a extender la mano—, Schroe Dinger.

—Emma —dijo ella tímidamente y estrechó la mano de Schroe, que era enorme, comparada con la suya.

Se sentó en la barca y volvió a mirar a su alrededor. Schroe tenía razón: estaban en el Parque del Retiro. No se lo podía creer.

—¿Qué está pasando?

—¿A qué te refieres? —preguntó él—, ¿a mi traje?

Se puso en pie en la barca, separó los brazos y giró sobre sí mismo para que Emma pudiera admirarlo bien. Llevaba puesto un frac. Emma no se había dado cuenta hasta ese momento.

—Hoy es el día de mi boda —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. Me voy a casar con la elfa más guapa que existe.

¿Elfa? ¿Había dicho elfa?

—¿Eres un elfo? —preguntó extrañada. Schroe no se parecía a la idea que ella tenía de elfo. Él era más ancho y fuerte, y no tan alto como se hubiera esperado de un elfo. Además, ella siempre había imaginado a los elfos con una piel fina y suave, y largas y lacias melenas níveas. Él no tenía nada de eso.

Schroe bajó los brazos y la miró sorprendido, con gesto muy serio. Emma sintió que había metido la pata y, por un momento, temió por su vida. Afortunadamente, Schroe comprendió que ella no intentaba reírse de él, que lo había preguntado en serio, con lo que se volvió a relajar y soltó una gran carcajada.

—¡Un elfo, dice! —exclamó mientras reía— Mírame, Emma. Yo soy un orco.

Emma se quedó con la boca abierta.

—¡El orco más afortunado del mundo! —gritó, rebosante de alegría.

—Perdona —dijo Emma mirando hacia abajo—, es la primera vez que veo un orco.

Schroe dejó de sonreír y la miró con detenimiento, mientras fruncía el ceño.

—Ahora que lo pienso —dijo—, sí que es raro que estés aquí y puedas verme. Desde que aquel mago barbudo pronunció el Conjuro de Oscuridad, ningún hombre y ninguna mujer ha podido vernos. Hemos sido transparentes para vosotros desde hace siglos. Has debido encontrar una especie de portal o algo así.

—La nevera de la terraza —murmuró Emma como para sí misma.

Schroe sonrió.

—Sí —dijo—, puede que haya sido la nevera esa.

—Yo solo quería tomarme una cerveza —dijo Emma con un suspiro.

Schroe abrió los ojos todo lo que le permitieron los párpados.

—Eso tiene fácil solución —gritó y soltó una carcajada—. ¡Ven a mi boda!

Emma no supo qué decir.

—Podrás beber toda la cerveza que quieras —dijo alzando sus brazos— y conocerás a Idril, mi maravillosa futura esposa, y a toda mi familia y amigos.

—Y ella es…

—Una elfa, sí —interrumpió Schroe.

—Pero…

—¿Pero qué, Emma? —preguntó Schroe— Uno no decide de quién se enamora, supongo que en tu mundo será igual.

Emma pensó en la sonrisa de Leticia, en su aroma. Y sonrió.

—No te lo voy a negar, la cosa no ha sido fácil. La familia de Idril es un poco estirada. Decían que ella merecía algo mejor que un orco… Pero ya sabes lo que dicen.

—No, ¿qué dicen?

—Que el amor no entiende de razas, ni de sexos, ni de especies. El amor es ciego y siempre triunfa —se puso en pie y alzó sus brazos—. ¡El amor siempre triunfa, Emma!

Emma empezaba a contagiarse de la felicidad de Schroe. Él se dio cuenta y lo aprovechó.

—Rápido —dijo—, coge esos remos, ayúdame a llegar a aquella orilla o llegaremos tarde. La boda va a empezar.

Remaron con tesón durante un rato, pero Emma no tenía ni idea de cómo mover un remo y solo conseguía que la barca girara sobre sí misma de vez en cuando. Schroe terminó por pedirle amablemente que dejara los remos a un lado.

Remando él solo avanzaron mucho más rápido y se acercaron enseguida al Monumento a Alfonso XII. Al otro lado de la barandilla, alrededor de la estatua, había una gran multitud. Pero no eran humanos. Eran orcos y elfos de ambos sexos, todos engalanados para asistir a la que probablemente fuera la boda del año. Sin duda, una boda inusual.

Schroe agarró la barandilla y apoyó un pie en el bordillo. Cuando la barca estuvo asegurada, tendió una mano a Emma para ayudarla a salir de la barca. Ella sonrió y aceptó la ayuda. Pero al levantarse, se dio cuenta de que le faltaba un zapato. Seguramente lo había perdido en el estanque, mientras buceaba y luchaba por su vida. Miró hacia el agua, con la extraña esperanza de ver su zapato flotando para poder recogerlo sin esfuerzo.

—¿Ocurre algo? —preguntó Schroe.

Fuera todos los miraban expectantes.

—Mi zapato —dijo ella, todavía mirando hacia el estanque—, lo he perdido.

—No te preocupes —dijo Schroe muy seguro de sí mismo—, nadie se dará cuenta.

Emma lo miró a los ojos. Irradiaban felicidad, así que sonrió y asintió.

Con un pequeño impulso y la increíble fuerza del brazo de Schroe, Emma saltó la barandilla sin ningún problema. Él la siguió y se colocó a su lado.

—¡Familia! —exclamó— esta es mi amiga Emma, la he rescatado en el estanque.

—¡Le falta un zapato! —gritó un orco del fondo.

Emma se puso como un tomate.

Schroe soltó una carcajada.

Una señora orco se abrió paso entre la multitud, saludó con un honorable gesto a Emma y luego se acercó a Schroe.

—Llegas tarde —dijo.

—Hola, madre —contestó Schroe. Y alzó el brazo para que ella se asiera a él.

—Tienes el brazo mojado —dijo.

—Lo sé, madre —dijo Schroe —, lo he metido en el estanque.

La madre de Schroe suspiró de forma sonora. Estaba orgullosa de su hijo, pero era difícil de meter en vereda. Aun así, ahí estaba, en su boda. Por fin sentaba la cabeza. Su hijo se iba a casar con una elfa simpatiquísima, un encanto que había aceptado a su niño y a su raza con los ojos cerrados, sin desconfiar y sin temer como la mayoría que trataba con orcos. Idril había abierto su corazón no solo a Schroe, sino a toda la comunidad orca. Y con ese gesto había tendido un puente de unión entre las dos culturas. Algo que parecía imposible hasta no hacía mucho.

Emma observó con una sonrisa en los labios como Schroe y su madre se alejaban y desaparecían entre la multitud.

—¿Lo conoces desde hace mucho? —preguntó una voz a su espalda.

Emma se giró y se encontró con una joven orco ataviada con un vestido de cola rojo, que la miraba sonriendo.

—No —contestó Emma—, solo lo conozco desde hace un rato.

—Ah.

—Me ha salvado la vida —continuó—. He estado a punto de morir ahogada, pero él me ha salvado.

—Oh.

—Sí.

—Es un buen orco.

Emma asintió, mientras miraba a la congregación de orcos y elfos que seguía con la vista al joven orco y su madre, y que esperaban a la novia.

—Es mi hermano —dijo la chica orco, que luego se presentó como Bo.

Eso llamó la atención de Emma y se volvió hacia ella otra vez con la boca abierta.

—¿Sabes? —dijo Bo— Mi hermano ha conseguido demostrar que nosotros, los orcos, podemos ser algo más que unos simples salvajes que solo saben saquear y hacer la guerra. Ha callado muchas bocas con su actitud y su buen hacer. Desde siempre, hemos estado a la gresca con los elfos. No podíamos ni vernos…

—El odio era mutuo —la interrumpió un elfo que apareció, de repente, detrás de ella—, pero desde que Idril y Schroe están juntos, nos han demostrado que el cambio es posible, que podemos llevarnos bien —entonces abrazó desde atrás a la hermana de Schroe y la besó en el cuello—. Todo ha cambiado —sonrió a Emma y volvió a besar a su chica— para mejor.

Emma se quedó con la boca abierta. Estaba siendo testigo de algo insólito. Desde niña, había visto en las películas y leído en los libros que los orcos eran seres violentos, que solo sabían dedicarse al pillaje y que sobrevivían subyugando a otras razas más débiles.

—Al fin y al cabo —dijo la hermana de Schroe, que parecía estar leyendo sus pensamientos—, los orcos descienden de una raza de elfos que se deformó y evolucionó tomando su propio camino.

—¿Sí?

—Eso dicen, querida Emma —dijo el elfo—. ¿No es maravilloso?

Emma no supo que contestar, estaba alucinada. Ciertamente maravillada. Solo podía sonreír. Estaba viviendo una experiencia única.

De repente, hubo una ovación entre los asistentes y supo que la novia había llegado. Pudo verla por un instante, caminando entre todos los invitados. Iba resplandeciente, Emma tuvo la certeza de que nunca había visto un ser tan hermoso.

Todo quedó en silencio cuando la pareja se unió delante de un sacerdote elfo y comenzó la ceremonia. Emma no entendió nada de lo que se recitó, pero disfrutó mucho del singular evento.

—¡Qué comience la fiesta! —gritaron algunos invitados al unísono, cuando los novios estuvieron unidos en matrimonio de forma oficial.

A partir de ese momento, los orcos y los elfos, que al principio habían estado más o menos separados por razas y guardando las formas, comenzaron a mezclarse y a bailar los unos con los otros. Aparecieron copas con diferentes brebajes, y bandejas con comida de todo tipo comenzaron a circular entre los invitados.

Emma entabló conversaciones tanto con orcos como con elfos. Todos estaban interesados en conocer a la humana empapada con solo un zapato, aunque nadie hizo referencia a ese detalle de nuevo para que no se sintiera incómoda otra vez. Ella se encontró en familia con todos ellos. Nunca imaginó que pudiera integrarse con tanta facilidad en un grupo tan dispar, pero pensó que si orcos y elfos podían dejar atrás todas las diferencias que hubieran podido tener sus razas en el pasado, para comenzar a caminar juntos con un objetivo común, ella también podía dejar atrás sus complejos e inseguridades a la hora de conocer gente nueva.

La tarde pasó volando. La comida estaba deliciosa y la bebida la embriagó lo suficiente como para atreverse a echar unos bailes. Nunca hubiera imaginado que los orcos tuvieran tanto ritmo.

Schroe se acercó a ella y le presentó a Idril y a algunos miembros más de su extensa familia. Todos brindaron con ella y bebieron por la felicidad de los recién casados.

—¿Lo hubieras creído si alguien te hubiera dicho hace diez años que tu hermano se casaría con una preciosa elfa? —le preguntó Emma a Bo entre risas.

—¡Claro! —Exclamó riendo— Por supuesto. Siempre he pensado que mi hermano mayor es un gran partido.

Partido.

De repente, esa última palabra activó una alarma en el cerebro de Emma, que pareció despertar de golpe.

—Mierda, el partido —dijo.

—¿Qué pasa? —preguntó Bo sin dejar de bailar.

—Que yo debería estar viendo un partido de fútbol en casa de mi chica.

—Oh, vaya. ¿Deseas ir?

—Claro, quiero mucho a Leticia. Ojalá hubiera podido venir aquí.

—¿Vive muy lejos? —preguntó la hermana de Schroe.

—En Oporto.

—¿Vive en Portugal? —dijo la chica orco sorprendida— ¿Es portuguesa?

—No, no —se apresuró a corregir Emma—, no me refiero a la ciudad, quería decir que vive cerca de la parada de metro Oporto.

—Ah, eso es otra cosa —rio divertida Bo—, seguro que mi novio te puede acercar, ¿verdad, Eldar?

El elfo se acercó a las chicas al escuchar su nombre y sonrió, mostrando una dentadura blanca y perfecta.

—Por supuesto —dijo—, acompáñame, Emma.

Eldar cogió de la mano a Emma y la guio a través de la fiesta, gesto que Emma aprovechó para ir despidiéndose de todos, sobre todo de Schroe, al que le dio un gran abrazo. Idril le prometió que se volverían a ver y ella lo deseó con todo su corazón.

Cuando se alejaron un poco del bullicio, Eldar silbó y, al instante, apareció un caballo blanco sin montura. Eldar saltó sobre él y se sentó en su grupa. Ofreció la mano a Emma y la ayudó a subir, colocándose detrás de él. Un instante después, estaban cabalgando tan rápido como el viento.

Emma abrazó fuertemente al elfo por la cintura y se dejó llevar por su delicioso y dulce aroma a frutas y flores frescas. El cabello largo y rubio de Eldar le acariciaba la cara al moverse con el viento y le hacía cosquillas en el cuello. A él no le importó lo más mínimo que ella aún estuviera chorreando y que le estuviera mojando la espalda.

Llegaron a la calle donde vivía Leticia en lo que a Emma le pareció un instante. Aquel caballo parecía mágico. Se despidieron hasta la próxima y ella se encaminó al portal. Solo entonces fue consciente de que ya no llovía.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Leticia al abrir la puerta y verla.

A Emma le pareció que vivía un déjà vu.

—No te lo vas a creer—dijo entusiasmada.

—Anda, pasa —dijo Leticia, mientras se hacía a un lado.

Entró despacio, mientras su novia cerraba la puerta del piso.

—El partido aún no ha empezado —dijo al advertir la duda en los ojos de Emma—, gracias por venir a tiempo. Ya creía que no te apetecía.

Emma la miró extrañada, pensaba que el partido habría acabado hacía horas.

—Puedes ir a mi cuarto y ponerte ropa seca, si quieres —dijo de forma dulce—. Cuando estés lista te los presento a todos, ya verás que son muy majos.

Emma sonrió. No sabía qué había pasado, pero había salido estupendamente bien.

—¡Estoy deseando conocerlos! —exclamó.

Y le plantó un beso en los labios, de esos de película.

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