No había luz eléctrica, pero la luna era grande aquella noche y se veía perfectamente en el interior de la cochambrosa cabaña, no hizo falta que Señor Oso encendiera el candil.

—Necesito ir al servicio —dijo Alicia.

—Vas demasiado al baño, ¿No te parece? —gruñó Señor Oso.

—¡Pues no haber secuestrado a una embarazada! —exclamó ella. Con el paso de las horas se había envalentonado y ya se atrevía a responder a sus secuestradores.

—En eso tiene razón —admitió Señor Zorro.

Señor Oso miró con odio a Señor Zorro, no le gustaba nada que hubiera adoptado esa actitud de gallito desde que Señor Lobo los dejara solos para hacer el trabajo sucio de secuestrar a la chica, mientras él se iba a recoger el dinero. Señor Oso levantó sus más de ciento treinta kilos con lentitud, se ajustó el pasamontañas y sacó las llaves de las esposas del bolsillo de su pantalón mientras se acercaba a Alicia.

—Alguna vez podrías sacarla tú —se quejó.

—Cada uno hace su trabajo —contestó Señor Zorro mientras desviaba su mirada hacia la ventana y simulaba que vigilaba, balanceándose hacia atrás en la silla en la que estaba sentado.

—Aún no tengo claro cuál es el tuyo —dijo Señor Oso en voz baja. Necesitaba soltarlo, pero no quería comenzar otra pelea con el arrogante Señor Zorro. Señor Lobo estaba ya bastante enfadado y decepcionado con ellos, tenía miedo de que no volviera a contar con él para el siguiente trabajo. Afortunadamente, no pareció que Señor Zorro le hubiera escuchado.

Abrió el grillete que mantenía a Alicia pegada a la pata de un viejo y pesado mueble de cocina y, mientras ella se frotaba la muñeca, él le enganchó la cadena al collar de cuero que le habían ajustado al cuello. Y así, como si fuera a pasear a un perro, Señor Oso salió de la cabaña con Alicia.

Ella aprovechó los primeros pasos en el bosque para respirar aire puro y dejar que la brisa acariciara su pelo castaño, ahora enmarañado y sucio. En la cabaña el ambiente estaba enrarecido y olía a mugre y madera podrida, era una suerte que no tuviera baño y que tuvieran que salir fuera cada vez que ella necesitaba orinar, y estar embarazada le daba una buena excusa.

Su embarazo no había sido bien recibido en su familia, apenas llevaba unos meses con aquel chico, la relación no había sido formalizada, pero ella estaba enamorada de Eduardo, y él también parecía estarlo de ella. No le importaba que no estudiara en la universidad, como ella, y a su familia tampoco debería importarle ¿qué sabían ellos del amor?

Un tirón de la cadena la sacó de sus pensamientos.

—Vamos —exigió Señor Oso, que quería acabar cuanto antes para poder sentarse de nuevo.

Se adentraron en el bosque hasta que la maleza impidió que se viera la cabaña.

—Aquí —dijo Señor Oso—, venga.

—Vuélvete, ¿no?

Señor Oso accedió y miró hacia otro lado. Ella se levantó el vestido, bajó las braguitas y comenzó a orinar sin perder de vista al mastodonte que la tenía presa. Lo había hecho cada vez que la sacaba a orinar. Observaba sus enormes manos, su ropa sucia. Buscaba sus puntos débiles para poder escapar. Quizás aquella noche clara, con aquella gran luna llena podría ayudarla, quizás había llegado el momento de intentarlo.

—¿No tendrías un pañuelo de papel, por casualidad? —preguntó aún en cuclillas.

Señor Oso gruñó, pero comenzó a buscar en sus bolsillos. No encontró nada en los de sus pantalones y rebuscó entonces en los de su chaqueta vaquera. Alicia se había estado subiendo las braguitas con cuidado y en silencio, esperando, y cuando vio que la mano que sostenía la cadena se relajaba un poco, tomó la decisión de su vida.

Agarró la cadena con firmeza y dio un tirón de ella lo más fuerte que pudo. Señor Oso, con la guardia baja, no pudo evitar que la cadena se escapara de su mano. Se volvió furioso y sorprendido para abofetear a la insolente niña, pero Alicia usó la cadena a modo de látigo y golpeó violentamente a Señor Oso con los últimos eslabones. Cuando este se llevó las manos a la cara, ella aprovechó para darle una patada en sus partes, lo que hizo que él se retorciera de dolor y cayera de rodillas al suelo. Alicia dio media vuelta y echó a correr por el bosque lo más rápido que pudo.

—¡Se escapa! —gritó Señor Oso— ¡Se escapa!

Desde la cabaña, Señor Zorro oyó algo y maldijo a su compañero por su indiscreción.

—¿Qué cojones grita este gordo ahora? —farfulló entre dientes mientras se levantaba de la silla.

—¡Jorge, se escapa! —gritó de nuevo Señor Oso, intentando levantarse.

Señor Zorro escuchó su nombre y se encendió de odio.

—¡Te ha dicho mil veces que no uses los nombres, joder! —gritó furibundo mientras salía de la cabaña.

Y entonces lo escuchó.

—¡La chica se escapa! —gritó Señor Oso, antes de que algo lo sorprendiera— ¡Maldita sea!

Señor Zorro entró en la cabaña corriendo, volvió a salir al instante con una escopeta de caza en las manos y se adentró en el bosque corriendo. Llamaba a gritos a Señor Oso para orientarse, pero este no le contestaba.

Solo había silencio.

Corrió por el bosque nervioso, cambiando de dirección a cada instante, dejándose llevar por sensaciones y parándose para apuntar con la escopeta cada vez que escuchaba algo. No tardó mucho en encontrar el cuerpo de Señor Oso, tirado en el suelo desangrándose.

No tenía cabeza, se la habían arrancado.

Contuvo las ganas de vomitar y miró hacia todos lados, buscando el camino correcto que debía seguir para encontrar a la asesina.

Alicia estaba agotada, sus siete meses de embarazo no le permitían avanzar más rápido, pero no desistía, necesitaba salir del bosque, pedir ayuda. Pero el bosque parecía eterno. Se apoyó en un árbol y una rama seca cayó al suelo.

Señor Zorro lo escuchó a lo lejos y corrió frenético en esa dirección, con la escopeta lista.

—Ahí estás —dijo cuando la divisó a unos cientos de metros entre los árboles, y se preparó para disparar.

El disparo hizo saltar la corteza de un árbol cercano y Alicia gritó llena de pánico. La habían alcanzado. Se agarró la barriga con fuerza y siguió corriendo entre sollozos.

Tropezó y cayó de rodillas, y eso le permitió esquivar otro disparo, que impactó justo en el árbol en el que se apoyó para poder ponerse en pie.

—¡Se acabó el juego, zorra! —exclamó señor Zorro, apuntando de nuevo.

Alicia gritó asustada, sabiendo que aquel era su fin, pero el disparo se perdió entre las ramas altas de los árboles, lejos de ella. Se atrevió a mirar hacia atrás y vio como el cuerpo de Señor Zorro se desplomaba en el suelo sin vida. Y sin cabeza.

Aquella visión fue demasiado para su organismo. Después de todo el estrés, nervios y adrenalina, el hecho de ser testigo de aquello hizo que rompiera aguas.

Sintió como el pánico recorría todo su ser y le agarrotaba las piernas. Le faltaba el aire y un terrible dolor la destrozada desde dentro. Aún así se dio la vuelta, debía huir de allí. Pero cuando iba a empezar a correr de nuevo una mano en el pecho se lo impidió.

Era otro encapuchado, más fuerte que Señor Zorro y más atlético que Señor Oso. Debía ser Señor Lobo, al que no había visto antes, pero aquel porte le resultaba familiar.

—¿A dónde crees que vas? —dijo Señor Lobo.

Alicia reconoció aquella voz al instante.

—¿Eduardo? —preguntó incrédula.

Señor Lobo se quitó el pasamontañas.

—Qué lista es mi niña —dijo con una sonrisa pícara.

Alicia lo comprendió todo al instante. La había engatusado solo para acercarse al dinero de su familia. Señor Lobo secuestra y Eduardo se presta voluntario para la difícil tarea de realizar la entrega del dinero y rescatar a su amada. Seguramente el embarazo no estaba en su plan, y un rescate con éxito tampoco.

—¿Cómo has podido? —preguntó.

—Lo siento, cariño —dijo él levantando una pistola.

Pero no le dio tiempo a disparar. Unas inmensas garras lo agarraron por los hombros y unas fauces descomunales le arrancaron la cabeza de un solo mordisco.

Ante Alicia se erguía un lobo plateado de dimensiones monstruosas, que la miraba mientras la sangre de sus secuestradores goteaba de entre sus colmillos. Apartó de un zarpazo el cuerpo inerte de Eduardo y se encaró a ella, gruñendo, impregnándola con su fétido aliento.

El grito de Alicia fue tan desgarrador e intenso que se escuchó en todo el bosque y ella perdió el conocimiento por unos instantes.

Cuando recuperó la consciencia, pudo ver como el lobo lamía a su bebé para limpiarlo de sangre y vísceras. Le había arrancado al pequeño de su interior y parecía querer quedárselo.

Vio como lo cogió dulcemente entre sus dientes y se alejó, mientras ella se desangraba irremediablemente, tirada en el bosque.

***

Este relato lo escribí inspirándome en algunas de estas imágenes (adivina cuáles):

Y tuve la suerte de ser seleccionado, junto a otros diez autores y autoras, para formar parte de la Antalogía «Verano de Relatos», que fue publicado el pasado mes de febrero. Ha sido la primera vez que formo parte de una antología y me ha hecho muchísima ilusión.

La antología está disponible en Lektu, y puedes hacerte con ella y leer el resto de relatos, todos geniales, mediante un pago social, ya sabes, publicando un tweet.

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