Si dijera que sentí dolor mentiría. No sentí nada, fue como agujerear la piel de otro, como cuando hacía prácticas de enfermería con el brazo de mi hermanita. Creo que he tenido suerte. Ese extraño virus ha acabado con todos, hordas de zombis asolan la ciudad, no tengo a nadie con quien hablar, a quien amar, con quien envejecer. Estoy solo. Un ataque de apendicitis en estos momentos ha sido lo más inoportuno que podría ocurrirme. Pero el destino ha querido que sea cirujano y que me haya escondido en una licorería. Ya no siento dolor… ya nada me importa.

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