Con motivo de la reciente publicación de la edición de bolsillo de Tiempo muerto, me gustaría, si me lo permitís, incluir en este blog una nueva reseña de mi novela. Por eso y porque hoy es mi cumpleaños y me apetece celebrarlo hablándoos de mi libro 🙂

En este caso, os traigo la increíble reseña que realizó Diego Corzón (@Eurinomio en Wattpad, os recomiendo que visitéis su perfil), autor de la obra La voluntad de la Estrella Hermética (Libro 1: La Sala 9), que podéis encontrar en Wattpad y a la que le dediqué una reseña en este blog.

Espero que disfrutéis de la reseña, y os animéis a comprar la obra (guiño, guiño).

Reseña de TIEMPO MUERTO por Diego Corzón

Los zombis ya no son una temática, son prácticamente un género, son un símbolo de la auto-fagocitación de los seres humanos y de la desesperanza. Son el motor que obliga a los supervivientes a mostrar lo mejor y peor del género humano, a centrarse en el ahora, pues el futuro es un lujo. Son la excusa perfecta para hacer un ensayo sobre las personas.

Así que lo importante en esta obra, no son, ni nunca han sido los zombis, si es que así se les puede denominar. Es la gente. Corriente, sencilla, mundana, que sobrevive mediante el egoísmo, o mediante la integración en un colectivo, o quizás por pura suerte. Y es que es este marco tan mundanal lo que hace que esta obra destaque.

Pero pongámonos en situación.

Madrid es el primer foco de infección. Lo que pretendía ser una cura para una de las enfermedades más insidiosas de la actualidad acaba desembocando en una pandemia sin precedentes que empieza a extenderse por toda España.

Nuestro interés gira en torno a una serie de personajes, nuestros “vecinos de al lado”, nuestros “colegas del trabajo”, nuestros cuñados, primos y hermanos. Y es que todos los protagonistas y secundarios (salvo alguna excepción) desprenden esa cercanía. No son especiales, no son diferentes, son personas. Con la grandeza y la bajeza que eso supone.

Tenemos a un puñado de ellos que podríamos llamar protagonistas:

Están Gabriel Torres, que trabaja en unas oficinas en el centro de Madrid y Sofía Prieto, la dueña de una futura cadena de Spas, una pareja que por circunstancias laborales viven en ciudades separadas. Ambos se ven afectados por el suceso de manera distinta e intentan contactar el uno con el otro y volver a reunirse.

Está Pablo Núñez, compañero de Gabriel y friki versátil por antonomasia que usa su cultura pop y de serie B para regalar perlas de sabiduría sobre supervivencia zombi.

Antonio, el valiente sanitario de ambulancias que se cruza en el camino de Sofía.

Y, por último, pero no menos importante, Saúl Grün, un ingeniero genético con una percepción muy peculiar de la escabrosa realidad que le rodea y que seguramente esconde más de un secreto. Es el personaje que se contrapone al carácter mundano de todos los demás ofreciendo un contrapunto.

Por supuesto, muchos otros secundarios y supervivientes se unen temporalmente a estos personajes, todo ellos sacando lo mejor y peor de sí para sobrevivir, y no todos lo conseguirán.

Dejemos a un lado momentos tan intrigantes como el de Saúl subido encima de un autobús escuchando tranquilamente música mientras una horda de zombis se merienda a los transeúntes de la estación, con la preclaridad de que esa situación ya la ha vivido antes y, además, repetidas veces. Un gran momento a destacar que, no ensombrece muchas otras escenas de tensión protagonizadas por estos pobres diablos en las que cabe mencionar el uso de herramientas y recursos contemporáneos como, por ejemplo, el hacer un grupo de WhatsApp llamado “supervivientes” para gestionar los pormenores concernientes a ese incipiente apocalipsis, o razonamientos sencillos como acudir a la policía u organizar a los vecinos para que nadie salga a la calle.

Cuando el brote comienza, la mayoría de los personajes que ya empiezan a ver sucesos extraños, peleas y tumultos por las calles actúan como lo haríamos cualquiera de nosotros, Se bajan una parada antes en el metro, procuran no acercarse y seguir con su rutina, intentando olvidarse del mal trago. Y es que el cerebro humano se resiste a salir de la comodidad de lo ya instaurado y, muchas veces, eso no permite que las alarmas salten a tiempo. Es un mecanismo humano muy común y se encuentra perfectamente reflejado en esta obra.

La narrativa es fluida y dinámica, se lee de manera muy ligera, en su estadio actual la gramática es correcta y, en general, la sintaxis está muy bien construida. Poco se interpone entra las imágenes que evoca el texto y la experiencia del lector. El autor ha prescindido, en mi opinión, intencionadamente, de giros semánticos o constructos líricos para mantener la máxima del “show, don’t tell” que es lo importante en este tipo de obras de inspiración cinematográfica y que, en el caso concreto de Tiempo Muerto, aspira a crear complicidad y cercanía con el lector para luego traumatizarle sin piedad.

Si algo podría funcionar en esta obra, no como mejora, sino como posibilidad, como otro camino a seguir, es incluir pequeños espacios de reflexión o abstracción en los personajes; reductos íntimos entre bocanadas de aire y persecuciones donde se pueda ahondar en la evolución de sus valores, ideales y vivencias o en la nueva percepción de su realidad. Como estos valores cambian, mutan, como sus prioridades se trastocan y lo que antes semejaba importante ahora es una veleidad. No nos equivoquemos, esto ya queda patente en la ágil narración de los actos de los personajes, pero podría experimentarse con leves incursiones a la psique de los supervivientes.

Aunque de nuevo, no debemos olvidar que es precisamente ese ya mencionado “muestra, no cuentes” lo que palpita en las arterias de tinta del libro y es algo que ante todo debe permanecer, en mi opinión, intacto.

En general, no puedo decir que haya disfrutado de la obra. Si lo hubiera hecho, la novela no estaría cumpliendo su misión. Lo he pasado mal, me he angustiado, y me he disgustado ante la morbosidad sangrienta de una cotidianidad violada, como debe ser. Y es que, para que engañarnos, como masoca literario que es un servidor, he retozado en la satisfacción culpable de cada huida desesperada, cada trozo de carne arrancado y cada “au revoire, ces’t la vie”. No es cuestión de desvelar demasiado, pero es importante comentar la máxima que el autor nos propone: “esto no es otra historia de zombis”, y es que a medida que nos acercamos al final del libro este propósito intenta ser culminado, y seguramente, no nos dejará indiferentes.

Con lo que tenemos que quedarnos es que Nueva York y Chicago ya no poseen la exclusiva en cuanto a muertos devoradores de carne se trata, España tiene ya un brote propio, capaz de transformar el metro de Madrid en tu peor pesadilla, y a mucha honra.

A los amantes de la desesperación humana y la acción, les recomiendo leer esta obra.

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