La biblioteca estaba casi a oscuras cuando el tipo vestido de negro entró. Caminó a lo largo de los pasillos de estanterías repletas de libros y mesas vacías, para acabar parándose delante de la única mesa que estaba ocupada, situada en el último rincón de la estancia. Solo había un muchacho sentado en ella, concentrado en la lectura de un libro de gran volumen y rodeado de otros libros, dispuestos en columnas sobre la mesa. Apenas se dio cuenta de la presencia del tipo de negro, que lo observaba con curiosidad.

—Vamos a cerrar —dijo.

El chico alzó la vista sorprendido. Miró su reloj de pulsera con aspecto cansado, se le había pasado el tiempo volando. Asintió y comenzó a recoger sus cosas en una mochila. Cuando hubo terminado, se levantó de la silla, intentando hacer el menor ruido posible, se despidió con un gesto y dio media vuelta para irse.

—Lo que buscas no está en esos libros, chico.

El muchacho paró en seco su retirada y dio media vuelta para mirar al hombre vestido de negro, que le observaba impasible desde el otro lado de la mesa.

¿Cómo sabía aquel hombre lo que estaba buscando? Bueno, es posible que se hubiera fijado en los libros que había recopilado sobre la mesa, pero acababa de afirmar que se había equivocado en la elección de los mismos. Eso era muy extraño, porque él no le había mencionado a nadie que estaba buscando las Siete Esencias.

Estaba a punto de preguntarle, cuando el hombre dejó de mirarlo y comenzó a recoger los libros que él había dejado en la mesa. Cogió entre sus brazos dos de las columnas de libros y desapareció por un pasillo cercano. El chico decidió seguirle. Cogió otra columna de libros de la mesa, para tener una excusa, y fue tras él.

—Disculpe —dijo mientras lo seguía por el oscuro pasillo con cuatro libros apoyados en su torso.

El hombre no respondió y siguió caminando, colocando algún libro aquí y allá.

—¿Qué ha querido decir con eso? —preguntó.

El hombre lo ignoró, no pareció escucharlo, llegó al final del pasillo, torció hacia la izquierda y desapareció de su vista.

El chico aceleró el paso, torció hacia la izquierda siguiendo los pasos del bibliotecario, pero no volvió a verlo, entró en el pasillo siguiente, allí no estaba, y en el siguiente tampoco, ¿dónde se había metido? Volvió sobre sus pasos, confuso y nervioso. Entró en otro pasillo y vio al fondo un carrito de libros. Decidió que sería buena idea soltar los libros que llevaba encima pues la falta de luz en la sala empezaba a sumir la biblioteca en tinieblas, estaba a punto de solo poder ver siluetas y no quería tropezar con aquellos libros antiguos. Se acercó al carrito y soltó los libros en él. Ni rastro del bibliotecario. Comenzó a sentir un poco de frío en el cuello y los hombros, que le hizo encogerse un poco. De repente se sentía más solo que nunca. Dio media vuelta para intentar encontrar la puerta de salida y entonces vio un libro que parecía brillar con luz propia. El último rayo de luz que entraba por una de las vidrieras altas incidía justo en él y le daba un aspecto mágico y misterioso.

El chico quedó hipnotizado por aquella visión y caminó a su encuentro. Se aupó para ver mejor el libro y poder leer el título, pero en el lomo no había nada impreso. Tendría que cogerlo. Al hacerlo, sacó el libro de la trayectoria del rayo de luz y el pasillo se sumió en la penumbra. Pero antes de que el chico pudiera quejarse, de repente y sin previo aviso, el suelo se abrió bajo sus pies y cayó irremediablemente por el agujero. Contuvo un grito, protegió fuertemente el libro contra su pecho y cerró los ojos mientras caía.

Al instante, notó que su cuerpo golpeaba una superficie lisa y fría, pero seguía cayendo. Era una especie de tobogán, por el que se deslizaba muy rápido. Al terminar, el chico se precipitó en el agua.

Desorientado y alarmado por estar mojando el libro, hizo todo lo posible por buscar la superficie. Al conseguirlo, se encontró en una charca rodeada de maleza. Sacó el libro fuera del agua y nadó como pudo hasta una orilla, impulsándose solo con un brazo.

¿Dónde estaba? ¿Qué era aquel lugar? Casi no podía ver nada de lo espesa que estaban las plantas. Sin embargo, cuando intentó dar un paso, estas se apartaron. No sabía si aquella era la dirección que debía tomar, pero como parecía que el camino se iba formando a su paso, continuó andando. Era como estar dentro de un sueño. Era tan asombroso que apenas reparó en que el libro y él mismo ya estaban completamente secos. Tampoco reparó en que en aquel sitio parecía ser de día, el cielo estaba azul sobre su cabeza. Pero él estaba fascinado con el movimiento de las plantas.

Entonces, a lo lejos pudo ver una puerta. Parecía ser de madera y de gran tamaño, pero a su alrededor solo había vegetación. No había ningún edificio, pero al ser el único estímulo en aquel espeso bosque, el chico decidió ir hacia allí. Las plantas se abrieron a su paso, incluso cuando comenzó a correr.

Cuando estuvo delante de la puerta, comprobó que efectivamente no había nada pegado a ella, pudo rodearla sin problema. Manipuló en pomo, pensó que estaría cerrada con llave, pero pudo abrirla. Imaginó que a lo mejor había un extraño conjuro y que al abrirla vería una habitación al otro lado, pero no, solo vio la misma vegetación que cuando la había rodeado. Desesperado volvió a cerrarla y miró a su alrededor.

Empezó a asustarse. No sabía dónde estaba y tampoco sabía cómo salir de allí. Pensó que nunca debía haber seguido al bibliotecario. De hecho, pensó que nunca debía haber empezado a buscar las Siete Esencias. Aquello solo eran paparruchas de su abuela, historias que ella se inventaba para provocar su imaginación. Ya se lo había dicho su madre, su abuela estaba loca. Por eso estaba en aquella triste residencia. Nunca lo había visto así, pero ahora empezaba a creerlo. Siempre le había gustado escuchar las historias de su abuela y la visitaba a menudo para eso, pero sus cuentos le habían traído a aquel sitio extraño. Un agujero en la biblioteca. Una charca que no mojaba. Una puerta en mitad del bosque que no conducía a ningún sitio.

¿Cómo podría salir de allí?

Cansado y angustiado, se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la puerta. Observó entonces el libro que había llevado en las manos todo el rato y, por primera vez, sintió la curiosidad de abrirlo.

Estaba en blanco.

Pasó varias hojas, lo abrió por varios sitios, lo puso del derecho y del revés. Nada. No había nada escrito en aquel libro. ¿Para qué servía un libro así?

Confuso, dejó caer la cabeza hacia atrás y golpeó la puerta con la coronilla.

—¿Quién es? —oyó decir entonces a una voz profunda.

Se levantó instantáneamente y miró hacia todos lados. El corazón le palpitaba muy rápido. Rodeó la puerta corriendo, pero no vio a nadie. ¿Quién había hablado?

—Soy Miguel —dijo en voz baja, mirando de reojo su retaguarda, nervioso, para evitar cualquier sorpresa.

—¿Y qué quieres, Miguel? —preguntó la voz.

¿Qué quería? ¿Quería salir de allí? ¿Quería encontrar las Siete Esencias? ¿Quería saber dónde estaba? ¿Quería saber con quién estaba hablando?

Había demasiadas posibles respuestas. Miguel pensó rápido cuál de ellas podría ser la más apropiada en aquel momento.

—Quiero ¿entrar? —dijo de repente, sin estar muy seguro. Se le había encendido una bombilla, pensó que si había una puerta, debía empezar por cruzarla.

—Claro, pasa —dijo la voz.

Y la puerta se abrió sola delante de él.

Cruzó el umbral y entró en una sala con una luz tenue y cálida. La puerta se cerró silenciosamente a sus espaldas. Cuando sus ojos se acostumbraron al nuevo ambiente, pudo ver que las paredes estaban cubiertas de estanterías, y estas llenas de libros. ¿Había vuelto a la biblioteca? No, aquella sala no era la biblioteca a la que él había ido con su bicicleta. Y si lo era, nunca había estado en aquella sala antes.

En medio de la sala había un gato sentado, enorme y gris, que le miraba fijamente.

—Bienvenido —dijo la voz.

¿Había hablado el gato? Miguel lo miró fijamente. Le había parecido ver que el gato movía la boca. Después de lo que había visto hasta ese momento, no le hubiera sorprendido.

—Gracias —dijo en voz baja, sin dejar de mirar al gato.

El gato dejó de mirarle y él aprovechó para echar un vistazo a su alrededor. Había una cantidad increíble de libros. Había mucha sabiduría allí dentro. Mucho conocimiento. Quizá en aquellos libros sí encontrara lo que estaba buscando. Pero no sabía si podría acercarse a ojearlos.

Volvió a mirar al gato, que parecía estar ignorándolo. Se preguntaba qué debía hacer ahora. Quizá debería haber contestado otra cosa a la pregunta sobre lo que quería. Había dicho que quería entrar. Bien, ya estaba dentro ¿y ahora qué? Quizá si hubiera contestado que quería encontrar las Siete Esencias, hubiera acabado antes. O quizá no, nunca lo sabría. Ni siquiera sabía si existían realmente las Siete Esencias, y si existían ¿para qué servían?

—Son la llave del conocimiento —dijo de repente la voz—, con ellos podrías abrir todas las puertas, incluso las más seguras, incluso las que solo existen en la mente de las personas.

¿Había estado pensando en voz alta? ¿Acaso le había leído la mente? ¿Había sido el gato el que había dicho eso?

—No. Sí. Exacto —dijo la voz.

Y el gato volvió a mirar fijamente a Miguel.

Miguel se quedó con la boca abierta. Estaba hablando con un gato que le leía la mente. De hecho, solo el gato hablaba, él apenas estaba pensando. ¿Y qué había dicho de las Siete Esencias? Que eran una llave. Eso es lo que le había dicho su abuela, que servirían de guía en la vida, porque formaban parte de ella. Eran los valores más importantes que una persona podía tener. ¿Y cómo podría conseguirlos?

—Los tienes en tus manos —dijo el gato, aunque Miguel no lo vio mover la boca.

¿Los tenía en sus manos? Lo único que Miguel tenía en las manos en esos momentos era el libro que había cogido en la biblioteca y que ya había comprobado que estaba en blanco. Lo volvió a mirar. Lo abrió por la mitad. Seguía en blanco. No entendía nada. ¿Es que estaba escrito con tinta invisible?

El gato soltó una carcajada. Miguel se puso como un tomate de vergüenza.

—No —dijo el gato—. Está en blanco porque aún no están escritos.

Miguel se quedó pasmado. Si aún no existían ¿cómo los conocía su abuela?

—Cada persona debe escribir sus esencias —explicó el gato mirando a Miguel—. Debes encontrar en tu interior qué es importante, solo entonces podrás escribir en el libro de las Esencias. Tu abuela es afortunada, ella encontró las Siete Esencias hace mucho tiempo, por eso ha sido capaz de guiarte en su búsqueda. Mucha gente muere sin saber siquiera que existen.

Miguel pensó que aquello era triste, pero a la vez se sintió afortunado de tener a su abuela y de haber pasado algún tiempo con ella y haberle prestado atención cuando le contó sus historias, rebosantes de sabiduría. Sintió añoranza. De repente, le entraron unas ganas locas de abrazar a su abuelita. Él quiso ser como ella, deseó poder encontrar en su corazón las Siete Esencias que guían la vida, para poder transmitirlos a sus hijos y sus nietos, como ella había hecho con él. Si todos hicieran lo que su abuela había hecho con él, Miguel estaba convencido de que el mundo sería un lugar mejor.

Miró de nuevo al gato. Ya sabía donde buscar las Siete Esencias. O al menos, el primero de ellos.

—Gracias por todo—dijo Miguel.

El gato se tumbó en el suelo y movió el rabo. Parecía satisfecho.

Miguel dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta por la que había entrado. La abrió y salió de la sala con el libro bajo el brazo.

Sorprendentemente no volvió a salir al bosque donde había encontrado la puerta, sino a una habitación. A un lado había una cama de matrimonio y al otro un armario. Una gran ventana dejaba entrar la luz anaranjada del atardecer. Miguel reconoció al instante aquella habitación.

Escuchó el agua de una cisterna correr y luego un grifo que se abría y se cerraba. Al poco, su abuela apareció por la puerta que daba al baño. Cuando lo vio sonrió.

—¡Has venido de visita! —dijo—, ¡qué alegría!

Entonces vio que su nieto llevaba el libro entre los brazos y enarcó las cejas.

—Oh —dijo—, veo que has estado haciendo los deberes.

Miguel sonrió.

—Ven aquí y dame un beso —dijo abriendo los brazos para acoger en ellos a su nieto.

Miguel se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Notó su calor y su amor y sintió felicidad.

—Vamos a la cocina —dijo la abuela— tu abuelo y yo hemos hecho un bizcocho, tienes que probarlo.

Se separaron y ella salió de la habitación para ir a la cocina. Él paró un momento antes de seguirla. Había notado algo y quería comprobar que era cierto.

Abrió el libro y comprobó que ahora sí había algo escrito.

“Lo importante de la familia no es vivir juntos, sino estar unidos”.

Ya tenía su primera esencia.

Deseaba seguir su búsqueda para conseguir las seis esencias que faltaban y así completar el libro y poder abrir todas las puertas imaginables, pero todo eso podía esperar. De momento, iría a la cocina para disfrutar de sus abuelos y del bizcocho, del que se llevaría un buen trozo para compartir con sus padres y hermanos.

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