Está ahí, bajo mi cama. Puedo sentirlo. Lo huelo y, si aguanto la respiración y me concentro, puedo incluso escucharlo respirar. Está ahí, lo sé. No son imaginaciones mías. Está esperando a que me quede dormido para saltar sobre mí, pero eso no va a ocurrir, porque no puedo dormir sabiendo que lo tengo ahí abajo. Estoy aterrado, su sola presencia me impide respirar con normalidad, me oprime el pecho. ¡Cielos, acabo de oír como afila sus garras contra el suelo!

Le he escrito a mi compañero de piso por el móvil, «está aquí otra vez». Odio que se le escape y se cuele en mi habitación. Debe tener más cuidado, sabe perfectamente que soy alérgico al pelo de gato.

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